Hace años, desde el puerto de Brooklyn se intuía Galicia. Los muchachos de los muelles la buscaban al acabar la jornada para calentarse los huesos con whisky, compañía y caldo gallego. Había que ponerse de espaldas a la bahía y la silueta de Manhattan, caminar por la avenida Atlantic arriba tras tri...
Hace años, desde el puerto de Brooklyn se intuía Galicia. Los muchachos de los muelles la buscaban al acabar la jornada para calentarse los huesos con whisky, compañía y caldo gallego. Había que ponerse de espaldas a la bahía y la silueta de Manhattan, caminar por la avenida Atlantic arriba tras tripulaciones recién desembarcadas, y dejarse llevar por la sucesión de neones de la esquina española de Brooklyn Heights: el barrio rojo donde se buscaban la vida gentes llegadas de las costas españolas atendiendo a estibadores, marineros que atracaban por unos días y los que varaban indefinidamente. Una decena de bares, muchos de apellido español, flanqueaban la calle como la puerta de entrada al continente. La colonia vivió y murió dentro de sus fronteras no escritas en la gran ciudad, a medio camino entre el desarraigo y la morriña. La agonía llegó con el cierre de los muelles en los setenta. Los marineros se fueron, los alquileres se estiraron, los gallegos buscaron nuevos puertos: algunos de vuelta en su orilla del océano, algunos tierra adentro, algunos bajo tierra. Solo dos bares, el Long Island y el Montero, regentados por dos hermanos que pasaron 50 años en aceras enfrentadas sin dirigirse la palabra, resistieron a los años y el dinero por la consigna familiar de comprar en vez de alquilar, y esa noción grabada en el subconsciente de los viejos emigrantes de asegurar un sitio en el que caerse muerto. El Long Island fue traspasado hace años. El Montero va a cumplir nueve décadas al lado del puerto. Todavía se habla español, pero no por mucho tiempo. El último reducto gallego de la avenida Atlantic acaba de cambiar de manos.
Llegas atraído por el neón rojo. Cruzas la puerta en el muro de pavés y entras a una postal de lo que fue Brooklyn. Es estrecho, profundo y oscuro. Las paredes son de madera, pero no hay un palmo al descubierto: salvavidas naranjas colgados del techo; retratos de marineros de nombre olvidado, parroquianos hace tiempo desaparecidos y la familia Montero; timones, escotillas, nudos, remos; maquetas de barcos que los marineros construían en altamar para matar el aburrimiento. A la izquierda está la barra, formica roja sobre ladrillos de vidrio. A la derecha, dos cabinas telefónicas que hace medio siglo ya eran viejas. Una mesa de billar. Sobre las seis de la tarde de un viernes cualquiera beben cinco personas; en unas horas el karaoke que rejuvenece el antro de jueves a domingo estará atestado. Al fondo del bar, sentado en su taburete, suele estar Pepe.
El último gallego de la avenida Atlantic —pelo blanco, gorra del bar, camisa, vaqueros, nada del otro mundo— habla español con acento de Brooklyn. Enfatiza las frases con oh yeah’s, allright’s, you know’s. Va a cumplir 80 años; al pensar en ellos sonríe a medias, enseña los dientes y sugiere más que cuenta. Su padre, Joseph Montero, llegó desde Meirás. Su madre, Pilar Montero, una neoyorquina de Sada de Arriba, nació en el Little Spain de Manhattan cuando 30.000 españoles habitaban Nueva York. Los Montero abrieron el bar en el 56 de la avenida Atlantic en 1939. La construcción de la Brooklyn-Queens Expressway, la autopista que une la isla con el continente, tumbó el local original y convirtió aquella esquina del barrio en arcén y direcciones fantasma. Tras la demolición, Joseph Montero se endeudó dos veces sin pasar por el banco, compró un edificio en el número 73 de la acera de enfrente y construyó otra taberna.
Pepe nació en el último piso sobre el nuevo Montero en 1947, el año que el bar cruzó la calle. Lo trajeron al mundo dos hermanas inglesas “que eran casi un hospital”. En la escuela pensaban que era “¿cómo se dice?, bobo”, hasta que descubrieron que solo era español. Creció dentro de los límites de aquel mundo entre dos aguas rodeado de acentos de paso, paisajes enmarcados de Galicia y memorias heredadas de la patria desconocida. Joseph y Pilar atendían la barra desde las ocho de la mañana, cuando terminaba el turno de noche de los estibadores, hasta las cuatro de la madrugada, cuando los últimos marineros amenazaban con desplomarse. Pepe jugaba en la calle con niños gallegos. No aprendió la lengua de su país natal hasta que con seis años empezó el colegio y avistó el horizonte más allá de la avenida Atlantic.
Dice que eran tiempos más simples. Tal vez lo fueran. Los muelles eran el hábitat natural de tipos con su propia idea del honor y la moralidad. En las noches del puerto había violencia, drogas y sexo por dinero. Tras la Segunda Guerra Mundial, también hambre.
“Muchas mujeres tuvieron que criar a los hijos solas. Muchos de estos edificios que ahora valen 8, 10, 15 millones de dólares, en aquel momento pertenecían al barrio rojo. Todos se ayudaban en la medida de lo posible porque había que sobrevivir. Y se reunían aquí, en el bar, para hablar de sus preocupaciones y sus problemas”, recuerda.
Pepe conoció Galicia con 10 años. Volvió poco. Su padre viajaba fiel un par de meses al año. Cruzaba el Atlántico en El Guadalupe o El Covadonga, los barcos que hacían la ruta Nueva York-A Coruña, cargado con regalos para los amigos. Compraba sardinas a los pescadores que faenaban en Sada y arreglaba la casa familiar. Pepe se quedaba con la barra desde que cumplió 13, durante las vacaciones. Una mañana de los sesenta, entró en la cocina y vio a un hombre desnudándose. Joseph le explicó que no era un hombre, sino una famosa modelo inglesa. Twiggy, el andrógino rostro del Swinging London, posaba junto al decorado kitsch del Montero. Pepe aún conserva una de las fotografías de aquella sesión, prácticamente inédita, traspapelada en las paredes del bar.
El primero en desembarcar en Estados Unidos fue el abuelo Ramón, un tipo de Meirás que quiso alejarse de la España de los militares y puso Atlántico de por medio en algún momento de los años veinte. Ramón Montero trabajó media vida para Con Edison, la compañía que electrificó Nueva York. En la ciudad del deslumbre puede decirse que era un empleo próspero. Ramón supo exprimir el nuevo mundo. Invirtió en acciones de la empresa cuando no valían nada y se retiró con una buena pensión más dividendos. A mitad de siglo construyó el Long Island, a un bloque del Montero. Como a los gallegos de su generación, en la vejez le llamó la tierra. Le vendió el bar a su hija Emma. El dólar engordaba al cambio de la raquítica peseta, así que Ramón regresó a Galicia de viejo con el orgullo de los indianos y un Pontiac que envió en barco desde Nueva York y con el que se paseaba por la calle Real de A Coruña.
Joseph llegó de niño. De joven se embarcó y pasó años a bordo de mercantes daneses. Cuando por fin echó el ancla, no se alejó de los muelles. Reembarcó durante la guerra para llevar suministros a los buques que combatían en Europa. Pilar había sido bailaora. En la sala del billar —durante años, la sala de comidas— aún cuelga el póster de un festival que anuncia la sensacional actuación de Pilar Montero, una fiesta hasta la madrugada con fandangos, sevillanas, rumbas, seguidillas, tarantas.
Antes del bar, Joseph y Pilar regentaron un ultramarinos que vendieron a Emma. La autopista llegó poco después y ahogó el negocio. Fue el origen de una disputa que se enquistó. Las dos ramas de los Montero envejecieron cada una en su lado de la calle, atendiendo a los mismos clientes, escuchando las mismas historias, alimentando los mismos rencores.
Entre 1955 y 1970 cambió la dirección del viento. La mecanización del trabajo dejó obsoletos a los estibadores. Las guerras por el control del puerto y sus sindicatos entre las pandillas italianas e irlandesas agotaron la paciencia neoyorquina. El puerto se fue a Nueva Jersey y los marineros se fueron con él. Algunos todavía cruzaban la bahía por lealtad al Montero. Luego el dinero de Manhattan saltó el East River y aclaró el rojo del barrio. Hoy los embarcaderos son parques.
La generación de Pepe se graduó: cambió los negocios de sus padres por oficinas y bufetes; Brooklyn Heights por suburbios familiares. Visitaban de tanto en tanto el Montero como sus padres antes visitaban de tanto en tanto Galicia, hasta que el reloj los fue adelantando. “Yo sería el más joven y estoy camino de los 80”. Pepe siguió entre las dos aguas de siempre. Enseñó durante 40 años en institutos públicos, pero no se despegó del Montero. Como él, el bar encalló entre dos tiempos.
A Eduardo Lago lo arrastró hasta allí la corriente. En 1988, Federico y Achero Mañas, dos hermanos que querían hacer cine, le alquilaron un estudio en el brownstone decimonónico que compartían con su madre sobre el Promenade de Brooklyn Heights, una colina bajo la que se despliega el East River, el bajo Manhattan y las grúas del puerto de Jersey. A Eduardo le gustaba mirar cómo la luz cambiaba con la tarde reflejada en el contorno de vidrio de los rascacielos de Wall Street. Luego recalaba en el bar de la esquina, un lugar que alejaba la nostalgia de España, regentado por un viejo marinero gallego salido del mundo de la literatura.
La inercia llevó a una nueva “colonia generacional” española hasta aquellas latitudes. Por allí andaba el dramaturgo Fermín Cabal, el escritor Javier Puebla, exiliados de la Movida como Ceesepe y El Hortelano, la actriz Ana Torrent. Algunos acababan las madrugadas con Lago y los Mañas en el Montero. Lago se colgó del bar, sus náufragos y Joseph, un hombre al que le gustaba adoptar causas perdidas cuando las veía cruzar su puerta. Había un hombre con enanismo que medía lo que la barra y bebía budweiser en miniatura (“ajustadas a su tamaño, pero pensabas que el problema de perspectiva era tuyo, que tú eras el gigante”). Había, también, “un cubano gay que tenía un ojo de cristal”. Y un hombre que bebía y escribía solo, al fondo de la barra.
Joseph hizo de Lago su confidente. Le contaba las historias de su tiempo. “Me recordaba mucho al personaje de Cervantes del patio de Monipodio, metido en un mundo nebuloso con elementos del hampa, pero bastante honrado”. Una noche de 1988, Lago regresó a casa del Montero y empezó a escribir. No paró en 20 años. El fuego lento de dos décadas fundió las madrugadas del Montero con las ficciones de su cabeza. Fue su primera novela. El protagonista es un periodista atormentado que bebe y escribe solo en una taberna del puerto de Brooklyn, regentada por un gallego y frecuentada por tripulaciones danesas, un joven escritor, un hombre con enanismo, un cubano gay con un ojo de cristal. Lo llamó Llámame Brooklyn.
Al final del siglo, Joseph se despidió de su familia. “Decía: ‘Quiero volver a Galicia y ver a mis últimos amigos que aún siguen vivos”, recuerda Pepe. La casa familiar en Meirás estaba a la vuelta de la esquina de una pequeña iglesia donde la familia Franco iba a misa de domingo cuando veraneaba en el pazo. De joven, Joseph se acercó un día a don Antonio, el cura, y se negoció un hueco en el cementerio. “Y cuando murió en España, y todos fuimos para allá, fue enterrado en Meirás, en el mausoleo que tenía esperándolo”. Aquella fue la última vez que Pepe pisó Galicia. Quiere regresar.
—Solamente de vacaciones. A vivir no, yo me quedo aquí. Todos mis amigos están aquí. Y mis hijos.
—Cuando le preguntan de dónde es, ¿qué dice? ¿Nueva York o Galicia?
Pilar sobrevivió a su marido más de una década, inamovible en su taburete al nacimiento de la barra. Allí recibía a sus viejas amigas gallegas, dormitaba o pasaba la tarde bebiendo con Frank McCourt, otro escritor que se mudó al piso de arriba del bar, ganó el Pulitzer y recordaría en sus memorias tiempo después el parpadeo rojo del neón contra la ventana de su habitación. “Todos los días se ponía en la esquina con mi madre y los dos se emborrachaban”, dice Pepe. Pilar murió en 2012, convertida en uno de esos personajes con prestigio de calle que a Nueva York le gusta reclamar. The Times le dedicó un obituario.
Después de la muerte de Joseph, Lago no volvió demasiado por el Montero: “Me costó décadas aclarar lo que había pasado ahí”. Se mudó a Manhattan, ganó el Nadal y dirigió unos años el Cervantes de Nueva York. Regresó este marzo al bar, después de mucho sin hacerlo. Recorrió las paredes, reconociéndolas casi al tacto, redescubriendo en sus fotografías las caras que no había visto en años de los personajes de Llámame Brooklyn. No se quedó mucho. Luego paseó hasta la casa en la que vivió con los hermanos Mañas. Y regresó a Manhattan por el Promenade, viendo cómo la luz cambiaba con la tarde.
Pepe heredó un edificio que adquirieron sus padres por pocos miles de dólares y ha vendido por millones. Los nuevos dueños, dos hermanos con varios restaurantes náuticos, llevan años detrás del Montero. Han prometido conservarlo tal y como está, sin mover ni el polvo. Planean reabrir la cocina. Pepe quiere retirarse: el esperado retorno a Galicia. Cuesta imaginar el bar sin él. Los hermanos quieren que los ayude, mantener entre esos muros como de camarote atiborrado al último testigo de aquel tiempo en que Brooklyn Heights hablaba español con acento gallego y la avenida Atlantic era la puerta de entrada a Nueva York. Quizás lo haga.




