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Otra estrella en juego

viernes, 19 de junio de 2026
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Hay historias que solo pueden pasar en un mundial. Sino que se lo digan a Vozhina. El guardameta de Cabo Verde vio cómo cambiaba su vida tras los 90 minutos que duró el partido contra España. Su destacada actuación con 40 años ante los disparos de Ferran, Oyarzábal, Lamine y compañía le sirvieron pa...

Hay historias que solo pueden pasar en un mundial. Sino que se lo digan a Vozhina. El guardameta de Cabo Verde vio cómo cambiaba su vida tras los 90 minutos que duró el partido contra España. Su destacada actuación con 40 años ante los disparos de Ferran, Oyarzábal, Lamine y compañía le sirvieron para convertirse en un fenómeno viral en redes. Antes de saltar al campo tenía alrededor de 50.000 seguidores; al acabar el partido, 2 millones; y solo unas horas después, cerca de 11 millones, superando así a la mayoría de jugadores españoles y del resto de selecciones.

El escaparate que supone un mundial es indiscutible. Selecciones o jugadores que, de no ser por participar en un evento futbolístico de tal magnitud, nunca se cruzarían. El nuevo formato en el que participan más países tiene este como uno de los argumentos a favor: más selecciones, más oportunidades de cambiar la vida de muchos jugadores a los que se les da una oportunidad de mostrar su talento delante de millones de espectadores. El Mundial es algo muy especial, reservado para unos pocos. Ampliarlo significa también que muchos aficionados se van a ver representados por su selección, algo que antes rara vez pasaba. Himnos o camisetas que no se contemplaba que aparecieran en escena. Es difícil no celebrar lo que esto supone.

Sin embargo, antes veíamos el Mundial como el sueño de cualquier futbolista y ahora puede parecer algo más asequible. Y aquí es donde, a mi entender, pierde la magia. Cada plaza, cada billete a la máxima competición estaba disputadísimo. La ampliación ha podido provocar que clasificarse pierda ese valor, ese halo de exclusividad reservado solo a grandes selecciones que tenían que pelear por no quedarse fuera. Más partidos, más equipos, más eliminatorias... podríamos decir que se ha modificado el formato de la competición. Antes una derrota podía dejarte al borde del abismo; ahora esa urgencia, esa tensión se diluye en forma de nuevas oportunidades y no se tiene la sensación de estar al límite.

Además, y siempre sobre papel, algunos enfrentamientos pueden resultar menos atractivos y hacer que baje el ritmo del torneo. Ahí aparece la nostalgia de aquellos mundiales del pasado con partidos legendarios entre selecciones históricas. La cuestión, desde luego, no es tan simple. Es verdad que selecciones que, a priori no tenían tanto nombre o parecían menores, han llenado estadios y han plantado cara a las grandes. Tampoco podemos suponer o predecir el nivel del espectáculo que vamos a ver solo por el nombre de la selección.

Desde nuestra perspectiva egoísta, el choque entre España y Cabo Verde no nos resultaba atractivo. Pero debemos pensar que para la afición caboverdiana enfrentarse a una Campeona del Mundo ya era lo máximo; y si, encima, logras un empate y encumbras a tus jugadores, supone una de esas historias mágicas que solo se producen en los mundiales.

Y aquí surge la paradoja: con la ampliación se gana en diversidad, representación y el sueño está al alcance de todos; pero se corre el riesgo de perder la exclusividad, que hace que un mundial sea una competición única. Lo ideal sería encontrar el equilibrio entre la inclusión y la excelencia, sin que se pierda esa magia que siempre ha caracterizado a la competición del fútbol con mayúsculas.

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