Canarias en el Alma
El País10 min de lectura

Tras 10 años muda, Cristina Llanos, voz de Dover, confiesa su infierno: “Pasé a un estado que no puedo ni describir”

lunes, 31 de agosto de 2026
Volver a todas las noticias
Tras 10 años muda, Cristina Llanos, voz de Dover, confiesa su infierno: “Pasé a un estado que no puedo ni describir”
El PaísTras 10 años muda, Cristina Llanos, voz de Dover, confiesa su infierno: “Pasé a ...

Lleva el pelo rosa, gafas de ver gigantes, joyas doradas y los pómulos bien marcados con colorete. Dice “guapa”, manda besos, es tímida, cálida y sonriente. A simple vista, cuesta encontrar a esa mujer que chillaba: “Devil came to me, he said ‘I know what you need”, pero lo cierto es que nunca nos d...

Lleva el pelo rosa, gafas de ver gigantes, joyas doradas y los pómulos bien marcados con colorete. Dice “guapa”, manda besos, es tímida, cálida y sonriente. A simple vista, cuesta encontrar a esa mujer que chillaba: “Devil came to me, he said ‘I know what you need”, pero lo cierto es que nunca nos dio tiempo a saber quién era ella realmente. Los que la conocieron en los noventa, con el pelo corto, la camiseta gris y los pantalones anchos, dirán que fue un referente, una pionera, líder de algo que solo pasa una vez cada muchos años. Los que llegaron hasta la etapa africana y electrónica de Dover: que se perdió, que fue un fraude, “un delirio continuo” llegaron a escribir sobre su penúltimo álbum.

Cristina Llanos (Madrid, 50 años), cofundadora y voz de Dover, lleva 10 años escondida del mundo y, si alguna vez ha podido decir algo, siempre lo ha hecho a través de la voz de su hermana Amparo. Nunca ha querido responder a periodistas, tampoco lo hará esta vez, pero ahora Cristina ha decidido hablar y escribir. El 2 de septiembre publica La noche cayó y ya nadie pudo salvarme (La esfera de los libros, 2026), unas memorias en las que cuenta, entre otras cosas, qué pasó para que Dover dejara de existir.

Más información

Unas semanas antes de que Kurt Cobain se quitara la vida, Cristina Llanos, de 18 años, volvía a su casa de Majadahonda un sábado por la noche. Al tocar el timbre para bajarse del autobús, un hombre se levantó y se bajó en su misma parada. Lo conocía de vista, alguna vez hasta le había sonreído. Lo recuerda con nitidez. Ya en la calle, él intentó convencerla para que fueran juntos a dar una vuelta, primero de forma amable; poco después, con violencia. Aquel hombre le apretó por la espalda con lo que parecía un objeto afilado y le dijo que era un cuchillo. Cristina, incapaz de reaccionar, lloró, le siguió, se dejó llevar. Él, impaciente, la llamó zorra, estúpida, gorda. Ella sintió un hormigueo por todo el cuerpo y después vino el dolor.

Cristina Llanos en la sala El Sol (Madrid) en un concierto de Dover el 26 de junio de 2013. Eduardo Parra (Redferns via Getty Images)
Cristina Llanos en la sala El Sol (Madrid) en un concierto de Dover el 26 de junio de 2013. Eduardo Parra (Redferns via Getty Images)

“A partir de ahí, pasé a un estado que no puedo ni quiero describir”, escribe Cristina en sus diarios, “así llegó el fin del mundo como lo había conocido hasta esa noche. Perdí de un plumazo toda conexión con él. Y no la he vuelto a recuperar nunca (...) El Demonio se la llevó”.

Después de la agresión, a Cristina se le enquistó un silencio que acabó transformándose en herida. Y después en llaga. Llegó a desarrollar cierta aversión por Nirvana y, por extensión, a Dover por cada vez que alguien los comparaba con la banda de Kurt Cobain. Heart-aped Box, el sencillo de In Utero, pasó a ser la banda sonora de un infierno y toda su vida se transformó en “El Marasmo”, la palabra con la que Cristina nombra los años en los que el dolor se extendió por todo el cuerpo como una masa pegajosa. Por un lado, estaban la enfermedad, los atracones y los donetes, la anorexia, el Zaldiar, Robaxin, Enanplus, Tryptizol y Cymbalta, el vodka, el tabaco y la depresión como personalidad. Al otro lado, “El Milagro”, como ella define a los años de Dover, su escudo personal, su refugio, una forma de seguir aquí.

La noche cayó y ya nadie pudo salvarme es un repaso de aquello. Un confesionario escrito a golpe de vómito, en el que Cristina habla de los problemas que ella y sus hermanos vivieron en casa con su padre, de rencores varios y pasiones estomagantes (“odio a Bertín Osborne”), de pequeños momentos durante las giras de Dover y de noches sin dormir en su casa de Malasaña. Habla de algunos amores pasajeros y del amor de su vida: Samu, Sami, Samuel Titos, bajista que se incorporó posteriormente a Dover: “el único hombre que me ha querido y al que yo he querido y quiero sin condiciones”. Al que un día pidió que se marchara.

Cristina Llanos junto a su hermana Amparo, ambas guitarra y voz del grupo Dover, fotografiadas en enero de 2008.Claudio Álvarez
Cristina Llanos junto a su hermana Amparo, ambas guitarra y voz del grupo Dover, fotografiadas en enero de 2008.Claudio Álvarez

También opina. Opina a fuego: contra la ley trans, a favor del estado de Israel, contra el “cabronazo de aliade” del exdiputado Íñigo Errejón. Todo hierve en esta corriente de pensamiento refunfuñante en la que Cristina no tiene ningún interés en parecer tibia o políticamente correcta. No hay voluntad de caer bien.

Debajo de toda esta purga está la depresión que lleva acompañándola desde que tenía 16 años. La situación no era fácil en casa. Su padre “montaba pollos sin parar”, tenía la mano larga, igual, no siempre, “pero sí a menudo”. “Todos le teníamos miedo”, dice. A veces cree oír su voz en la suya y eso la aterra. También estaba Mariano, su hermano, adicto a las drogas desde hacía años. Cristina escribe sobre el tiempo en que decidió no mirar el caos en el que vivían su padre, su madre y él.

Mariano fumaba base de cocaína desde los veintitantos y acabó en la Cañada Real, el enorme asentamiento informal situado en el sureste de Madrid, a las órdenes de una de las familias que controlaban el narcotráfico en la zona. Murió el 18 de noviembre de 2023. La Policía creyó que, aunque el colapso respiratorio provocado por años de inhalación de base habría llegado antes o después, la muerte de Mariano, a los 54 años, la precipitó una paliza, “allí, en la puta Cañada Real, el infierno que él llamaba casa”.

En 1994, con 18 años, ocurre la agresión. Cristina intenta suicidarse, y convence a su padre para que la envíe a Londres, donde pasa los mejores siete meses de su vida. Y, aunque los trastornos de alimentación ya estaban presentes desde mucho antes, esa noche hizo que se quedaran condenados a acompañarla para siempre. Un año después, Dover publica Sister, su primer álbum, con el que solo vendieron unas 500 copias. Pero las hermanas Llanos no abandonan y en 1997 lanzan Devil Came to Me, el disco que da comienzo a “El Milagro”, con cerca de 800.000 ejemplares vendidos, discos de oro y platino, un Premio Ondas y todo ello desde un sello independiente con “un fax, tres personas y un gato”, Subterfuge Records. En 1998, desde el teléfono de pared en casa de sus padres, Amparo le susurra a su hermana el tema DJ por primera vez. Cristina recuerda aquellos días con nostalgia: “Qué alegría, ¿eh?”.

Durante los años de éxito, Cristina cuenta en sus diarios que tuvo que lidiar con furgonetas, sleepers y giras y, además, un colon irritable: “Me iba cagando por medio mundo”. En 2000 formaron parte del Vans Warped Tour, “el sueño de cualquier punkrocker, imagino, o lo que sea que eso significaba para mí en aquellos tiempos, pero de ninguna de las maneras el escenario ideal para controlar un colon tan susceptible y traicionero como el mío”. Compartían autobús con los siete miembros de Flogging Molly, más sus respectivos técnicos de escenario. Después vendrían I Was Dead for 7 Weeks in the City of Angels (2001), grabado en Estados Unidos; The Flame (2003), con el que comenzaron a alejarse del sonido de los primeros años; y Follow the City Lights (2006), el giro hacia el pop bailable y la electrónica. En 2008 prolongaron aquella gira. Cristina tenía entonces 33 años. El milagro estaba a punto de desaparecer.

La cantante de Dover, Cristina Llanos, en el concierto MTV Day, celebrado en el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid (hoy Movistar Arena), el 25 de abril de 2008.Santi Burgos
La cantante de Dover, Cristina Llanos, en el concierto MTV Day, celebrado en el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid (hoy Movistar Arena), el 25 de abril de 2008.Santi Burgos

La fibromialgia —“y traumas, y melancolía”— que padecen las dos hermanas Llanos comenzó a presentar los primeros signos preocupantes, afectando a las cuerdas vocales de Cristina. Esta enfermedad puede afectar a la voz y provocar problemas para controlar los músculos usados para hablar y cantar. Sintió que había perdido su único valor. “No había sabido conservarlo”. El 8 de abril escribe: “Y así fue como, por fin, aun muerta de miedo y pena, dejé marchar al Milagro”. Cristina aguantó unos años más hasta la etapa de I Ka Kené. En 2010 Dover publicó el llamado “disco africano” y emprendió una gira mucho más pequeña que las anteriores. Su batería, Jesús Antúnez, la recuerda como el momento más bajo de la banda, con conciertos prácticamente vacíos. Seis años después, en 2016, Dover se disuelve oficialmente.

La mera noción de sufrir haciendo lo que antes era mi único refugio me rompe el alma de mala manera”Cristina Llanos

Todos los que lo vivieron recordarán lo que era ver a las hermanas Llanos encima del escenario. Todos los que sean demasiado jóvenes para haberlo vivido, pueden intentar replicarlo a través de un vídeo subido a YouTube del directo que dio la banda en el año 2000 en la Sala Riviera de Madrid. Cristina Llanos aparece en medio del escenario, prácticamente inamovible con una Fender Stratocaster azul cielo entre las manos, el pelo oscuro, muy corto, peinado hacia la frente y hacia un lado, la cara lavada y las mejillas sonrojadas del calor. Su hermana Amparo lleva una gorra negra calada hasta los ojos, camiseta de tirantes blanca y ese tatuaje gigantesco que aún le cubre medio brazo derecho. “El Milagro éramos Amparo y yo, y Amparo era y es el amor de mi vida”, escribe Cristina en su libro.

Dover posando en Madrid en septiembre de 2010. Desde la izquierda, Amparo Llanos (guitarra), Samuel Titos (bajo), Jesús Antúnez (batería) y Cristina Llanos (voz y guitarra).Eduardo Parra (Getty Images)
Dover posando en Madrid en septiembre de 2010. Desde la izquierda, Amparo Llanos (guitarra), Samuel Titos (bajo), Jesús Antúnez (batería) y Cristina Llanos (voz y guitarra).Eduardo Parra (Getty Images)

Cristina dice no recordar lo que era vivir en un cuerpo sano, sin dolencias. Cuando sueña que le preguntan si volvería a cantar, responde que preferiría rajarse la tráquea: “La mera noción de sufrir haciendo lo que antes era mi único refugio me rompe el alma de mala manera”. En los últimos años, mientras la banda atravesaba una de sus etapas más emocionantes, pero a la vez más complicadas a nivel de público y aceptación, Cristina se peleaba contra sí misma: “Teñida primero de pelirrojo, después de rubio, y por último de mi color natural, oscuro. Mi época de querer contentar a todos, a cualquiera (...) mi deseo desaforado de ser lo que no era, no soy ni seré nunca de forma natural lo estropeó, mal que me pese ahora recordarlo”.

Muchas y muchos queriendo ser ella mientras ella quería ser otra. Esas cosas pasan todo el rato delante de nuestros ojos. El milagro, como casi todo lo que después parece milagroso, había empezado mucho antes, en medio de un marasmo. Ella lo había gritado: “They say I’m dry but I’m just sick” (Dicen que soy seca, pero solo estoy enferma).

Seguir leyendo este artículo en El País