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Nuestros padres mintieron: a 10 años del Brexit

lunes, 29 de junio de 2026
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Nuestros padres mintieron: a 10 años del Brexit
El PaísNuestros padres mintieron: a 10 años del Brexit

Si el Gobierno de Margaret Thatcher fue el más largo del siglo XX en el Reino Unido, su agonía iba a ser la más abrupta. Podemos circunscribirla a los 18 minutos de discurso parlamentario con los que, el 13 de noviembre de 1990, su viceprimer ministro, sir Geoffrey Howe, fiel desde la primera hora, ...

Si el Gobierno de Margaret Thatcher fue el más largo del siglo XX en el Reino Unido, su agonía iba a ser la más abrupta. Podemos circunscribirla a los 18 minutos de discurso parlamentario con los que, el 13 de noviembre de 1990, su viceprimer ministro, sir Geoffrey Howe, fiel desde la primera hora, le retiró su lealtad. Es una pieza oratoria importante, que hizo historia. Conocido por una retórica más bien somnífera, en aquella ocasión la sobriedad de Howe ayudó a darle aplomo. Y su intervención, tan cargada de datos como de peso moral, no solo iba a desarbolar al Gobierno de la época, sino que ha logrado perdurar en calidad de profecía: todavía en 2026 podemos ponderar lo que Howe decía en 1990. Evocando los intentos del premier Harold Macmillan, allá por los primeros sesenta, de unirse al proyecto europeo, Howe alertaba contra la tentación de “replegarnos en un gueto de sentimentalidad sobre nuestro propio pasado”, y urgía a que el Reino Unido no se disociara de “las realidades del poder”. “El riesgo” para el Reino Unido no estaba “en las imposiciones” de Bruselas tanto como “en el aislamiento”. Y advertía: “Los países europeos pueden salir adelante sin nosotros”.

A los pocos días del discurso de dimisión de Howe, era Thatcher quien, primera víctima de la política británica hacia Europa, tenía que hacer su discurso de despedida ante la puerta de Downing Street. Es una escena que hemos visto sucederse con sorprendente rapidez estos años, con los ojos llorosos de la Thatcher reemplazados por los amagos de llanto de Theresa May o, hace solo unos días, de Keir Starmer.

Justo al lado de ese número 10 de Downing Street que, más que residencia, va tomando aire de cadalso, está el cenotafio donde, del rey abajo, cada mes de noviembre, las autoridades británicas rinden homenaje a los caídos de sus guerras. Este año, para llevar al acto a sus exprimeros ministros vivos se van a necesitar varias furgonetas: si no pasa nada extraño, serán nueve los premiers cesantes, solo uno menos que Italia, antaño modelo de gobiernos de alta explosividad. Pero quizá lo más elocuente sea una presencia por ausencia: el político de mayor influencia en el Reino Unido desde la Thatcher a nuestros días, Nigel Farage, no es que no haya necesitado ser primer ministro; es que ni siquiera ha tenido escaño hasta hace un par de años. Como fuere, el hatillo de antiguos mandatarios sí demuestra de modo muy plástico una paradoja del Brexit: se quería “recuperar el control” y la pura acumulación de manos certifica que no hay nadie al volante. Otra triste delicia de la ironía: las “libertades del Brexit” buscaban reafirmar la soberanía parlamentaria de Westminster, y ahora, lejos de una estabilidad política que fue durante siglos pasmo de extranjeros, hay media docena de partidos electoralmente competitivos, sin contar —y es mucho descontar— a los nacionalistas. Véase que hasta a Reform le ha salido una Falange Auténtica en la plataforma de Restore. En década y media, en fin, el bipartidismo británico se ha convertido en un tutifruti de intolerancias cruzadas: enhorabuena a quien concibió el referéndum como un medio para compactar a la opinión pública y terminar con los debates. Y mientras el nacionalismo radical y el registro populista se normalizan, el partido más antiguo de Europa, el tory, se ve capturado conceptualmente, a la espera de ser sobrepasado electoralmente, por el cisma de Reform que contribuyó a crear.

Nadie puede decir que al Reino Unido le esté saliendo barato mantener su pulsión antieuropea. Rilke lo dijo en bonito: “Las cosas a las que me entrego / se hacen ricas, y a mí me dejan pobre”. Dicho en crudo, a veces parece, con el Brexit, que estamos ante una de esas pasiones que solo se culminan con la autodestrucción. La inmensa mayoría de los primeros ministros zombis, además de la difunta Thatcher, han sucumbido por la cuestión europea, y no pocos directamente por la maldición del Brexit. John Major mantuvo luchas insomnes contra los “cabrones” euroescépticos de su propio Gobierno. David Cameron pasó de promesa de la derecha a apartar a los tories del diálogo con las derechas del mundo. A May le tumbaron en Westminster varios acuerdos honorables con Europa: desde entonces, los brexiteros siempre han explicado las consecuencias negativas del Brexit como prueba no de que el Brexit sea malo, sino de que se ha hecho mal. Boris Johnson, por su parte, representa el momento más bajo de solvencia moral, al que Liz Truss aportó un estrambote tragicómico. Avanzando hacia el final, Sunak era un hombre inteligente y Starmer, un tipo decente; lo mismo da, porque ambos han terminado engullidos por el maelstrom. El Brexit devora a sus hijos. Para quienes tenemos propensiones conservadoras y cautelas vigilantes frente al federalismo europeo, el caso británico tiene algo de admonición: podemos atribuir que Blair y Brown mantengan la cabeza alta a particularidades del laborismo británico, pero quizá la derecha española tenga que revisar el proceso de canonización de Thatcher.

Los brexiteros le han hecho un regalo —¡así funcionan las pasiones!— a su aborrecida Europa: después de irse ellos, nadie más ha querido irse de la UE. A sí mismos, en cambio, se han hecho pocos favores más allá del onanismo, cada vez más dificultoso, de disfrutar a solas de la propia soberanía. Irse de la Europa unida no ha traído consigo —todo lo contrario— un reino más unido. Y la “relación especial” con Washington, en la que se habían proyectado tantas esperanzas, y que siempre fue más relevante para Londres que para Washington, no se ha fortalecido porque Estados Unidos no quería con Biden y sigue sin querer con Trump. La UE añadía mucho peso a un Reino Unido que, como dice Philip Stephens, sigue siendo un gran país, pero ha dejado de ser una gran potencia. Es una inmensa melancolía para anglófilos: el Reino Unido se ha convertido en un país más. Y es, también, un recordatorio tardío para británicos: para el milagro de moral y vida que fue durante siglos el Reino Unido era necesario el roce creativo con el continente.

En los años treinta, mientras se agitan los fascismos, Gaziel se inquieta: ¿por qué no actúa Inglaterra? ¿Había perdido su fuerza, se había convertido ya en un mito? Pronto se vería que, muy por el contrario, estaba por llegar “su mejor hora”. El Brexit, por desgracia, representa, más que un mal momento, una quiebra histórica: es la traición, como una deriva cancerosa, de las mismas élites —Cameron, Johnson— que habían hecho grande al país. Así, afianza la comprensión de la historia británica desde la posguerra en un marco de decadencia posimperial. Pero estas tal vez sean consideraciones para gourmets. Mientras tanto, la política sigue en su día a día y es necesario preguntarse si, después de tanta épica inútil, hay algo que vaya a mejor: la City, las universidades, las inversiones, la Corona. El Reino Unido, que siempre ha caído de pie en términos de imagen, todavía debe demostrar al mundo que darle la espalda a tu principal socio comercial es una jugada brillante. ¿En qué ha ayudado el Brexit para que el Reino Unido prospere, se haga respetar, se haga querer, un país que llegó a hacer de su bandera un complemento de moda? Diez años después, habrá quien se pregunte dónde están los “prados luminosos” que prometió Boris Johnson con el Brexit. La respuesta la tendrá que buscar en Rudyard Kipling: nuestros padres mintieron, eso es todo.

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