Canarias en el Alma
El País7 min de lectura

La vida se reconstruye a pedazos en los edificios verdes de la colonia caraqueña El Paraíso

lunes, 29 de junio de 2026
Volver a todas las noticias
La vida se reconstruye a pedazos en los edificios verdes de la colonia caraqueña El Paraíso
El PaísLa vida se reconstruye a pedazos en los edificios verdes de la colonia caraqueña...

“Estamos muy bien, mucho mejor que el edificio de la esquina, que se cayó entero”, dice Ana con una sonrisa, subiendo las escaleras de su edificio, con las paredes agrietadas. Pero una vecina que va detrás le increpa. Seguir leyendo

“Estamos muy bien, mucho mejor que el edificio de la esquina, que se cayó entero”, dice Ana con una sonrisa, subiendo las escaleras de su edificio, con las paredes agrietadas. Pero una vecina que va detrás le increpa.

—Pero si esto está inhabitable.

—No, mami. ¡Esto es antisísmico! Por eso no nos pasó nada.

—¿Cómo sabemos si es seguro estar aquí?.

—Ya Protección Civil viene, ellos están pendientes.

Ana habla tranquila, confiada, como si no hubiera pasado más, aunque todos los pasillos estén llenos de escombros.

En Venezuela, el ánimo de la gente es así. Inquebrantable. Unas veces más que otras, pero siempre con una sonrisa. Como si bloquearan de su mente que algo malo sucede, que no hay una certeza sobre el futuro, que no hay que tener mucha estadística para saber que esta es, con seguridad, la peor tragedia que haya vivido el país en su historia reciente y que no hay un plan concreto que hayan mencionado las autoridades hasta ahora para salir del atolladero.

Ana en su apartamento afectado por los sismos del pasado miércoles en el conjunto residencial El Paraíso.Chelo Camacho
Ana en su apartamento afectado por los sismos del pasado miércoles en el conjunto residencial El Paraíso.Chelo Camacho

Ana vive en uno de los 12 edificios de 17 pisos que conforman el Conjunto Residencial El Paraíso, conocidos en Caracas por su color verde -ahora pálido, por la falta de mantenimiento- y la cantidad de personas que viven allí desde hace más de 40 años, al oeste de la ciudad. Son unas 1.224 familias que salieron a las áreas comunes a esperar que pasara el doble terremoto del 24 de junio, en medio de árboles, postes y muy cerca de las edificaciones, sin un protocolo simple de desalojo. “Yo estaba en la computadora y recibí una notificación en el celular que decía ‘terremoto’, y pensé que estaba equivocado, porque ¿un terremoto aquí? Pero no me dio tiempo de pensar, porque ahí mismo empezó la licuadora”, dice otra vecina del mismo edificio.

En menos de 10 años, “los verdes” han vivido dos tragedias, y ambas durante el mes de junio: la de un allanamiento ilegal por parte de 100 efectivos no identificados del Estado en 2017 producto de las protestas, que dejó un saldo de presos políticos, mascotas asesinadas y saqueo de los apartamentos, y ahora el doble terremoto de 2026 que terminó de deteriorar las áreas comunes que ya estaban lastimadas desde ese año.

La tarde del martes 13 de junio de 2017 la recuerdan en ese lugar con exactitud. Eran tiempos de las protestas masivas con la mayor represión que había tenido Venezuela hasta entonces. Fueron cuatro meses continuos que derivaron en la migración que marcó un punto de inflexión en la historia de América Latina y la consolidación de un régimen autoritario.

Los muros del apartamento afectado en el piso 17 del Conjunto Residencial El Paraíso, en Caracas.Chelo Camacho
Los muros del apartamento afectado en el piso 17 del Conjunto Residencial El Paraíso, en Caracas.Chelo Camacho

Protestas en 2017

Ese día, los vecinos de El Paraíso se reunieron, como tantas otras tardes, a protestar con sus ollas, pitos y banderas frente a las tanquetas de guerra que el Gobierno disponía para bloquear el paso peatonal justo en la salida de los verdes. Pero ahí, a diferencia de todas las tardes de los meses anteriores, los militares eran más, los gases lacrimógenos se volvieron excesivos y, de un momento a otro, las cuatro tanquetas entraron a la fuerza y a la vez por todas las entradas de los edificios, rompiendo todo a su paso: tuberías de agua que llenaban los tanques en un país con racionamiento hace más de 15 años, los cables del servicio eléctrico, los techos de las áreas comunes, las santamarías de los negocios que operaban ahí, el estacionamiento de visitantes, los ascensores, las rejas de seguridad en un país que hasta el momento era de los más violentos e inseguros del mundo.

Nunca volvió a ser el mismo conjunto residencial. Los vecinos se unieron, pagaron entre todos las cuotas necesarias para poder arreglar lo indispensable: volver a tener al menos dos ascensores por edificio, en vez de cuatro; al menos la tubería de agua funcionando, aún con racionamiento; al menos las rejas bloqueadas con candados y cadenas, mientras algún día ojalá pudieran volver a tener el sistema eléctrico que abría y cerraba con control.

Desde entonces, no se usó más el estacionamiento de visitantes que servía a más de mil apartamentos, no se pudo reparar el techo de las áreas comunes, el parque infantil ya no volvió a tener las mismas atracciones, los estacionamientos no volvieron a iluminar igual, no volvieron a abrir varios de los negocios que operaban en las diferentes torres.

Inmediatamente llegaron una crisis humanitaria compleja, un apagón nacional, una pandemia, la dolarización disfrazada, una sensación de que el país “se había arreglado” cuando solo había empobrecido todavía más a sus habitantes, una dictadura. Nueve años después del allanamiento y también durante una tarde de junio, el mismo pánico volvió a moverles el edificio y, en vez de mantener a los vecinos en sus casas, fue un doble terremoto el que los obligó a salir.

Ana residente del conjunto residencial El Paraíso baja las escaleras desde su apartamento, en Caracas, el 28 de junio.Chelo Camacho
Ana residente del conjunto residencial El Paraíso baja las escaleras desde su apartamento, en Caracas, el 28 de junio.Chelo Camacho

Mientras las paredes perdían su color blanco y se volvían todo ladrillos; mientras las escaleras soportaban el peso de los vecinos bajando en masa y sus paredes se agrietaban, mientras en la misma entrada donde estuvieron los 100 funcionarios entrando a los golpes se abría un camino de escombros en el suelo, el servicio eléctrico, el internet y la señal de los celulares se habían ido. Pero no era sorpresa, eso sucede a menudo cuando hay un corte eléctrico de imprevisto que, aunque no son tan frecuentes como en el interior del país, ya los vecinos saben que suceden -sobre todo- cuando hay eventos en donde la resiliencia se pone a prueba.

Por eso los vecinos de los verdes están orgullosos de poder dormir en sus casas y poder rehacer su vida a pesar de las grietas. Su estructura no cedió, sus vecinos no salieron heridos, su pérdida material no fue tan grave, no son una de las 3.142 familias que -según cifras oficiales- están damnificadas hasta ahora.

Por al menos una vez, los verdes no son la peor noticia de la urbanización. Pero sí, otra vez, tendrán que volver a reconstruir su manera de habitar sus edificios. ¿Cómo frisar 12 edificios de nuevo, sin ayuda institucional? ¿Cómo verificar cada apartamento sin un plan estatal? ¿Cómo volver a casa sin miedo, en medio de un mar de réplicas cada tantos minutos, que pueden afectar más la estructura?

Los vecinos barren el polvo y meten en bolsas sus escombros. Dos servicios voluntarios dictaminan que el conjunto está habitable. Entonces los vecinos deciden sobre sus apartamentos, se ponen manos a la obra. Cocinan en medio de las grietas, porque están seguros de que lo peor ya pasó. Aún con sus propios problemas, van y ayudan como pueden a otros vecinos, que estén más afectados. En la esquina se volvió polvo un edificio de 11 pisos donde solo rescataron 7 cuerpos. No es poca cosa estar vivo hoy.

En Venezuela, los últimos días se viven en el dolor de la mirada de las personas, en el silencio de los abrazos, en el ímpetu de la gente que ayuda sin haber hecho un curso de rescate profesional pero salva vidas y da esperanza, en la gente que ha perdido a sus seres queridos y aún así, ven amor donde hay desolación. Es un país entero que se ve reflejado a escala, en un lugar como el Conjunto Residencial El Paraíso donde ejercen el verde como sinónimo de esperanza y, así, en comunidad, esperan prudentes para empezar a reimaginar el futuro.

Seguir leyendo este artículo en El País