
Acostumbrados ya a movernos entre los lugares comunes —“es una cumbre de importancia extraordinaria en una encrucijada histórica”, como si no se hubiera dicho lo mismo en las 35 reuniones anteriores— y los gestos para la galería (con Donald Trump de actor principal, repartiendo exabruptos e insultos...
Acostumbrados ya a movernos entre los lugares comunes —“es una cumbre de importancia extraordinaria en una encrucijada histórica”, como si no se hubiera dicho lo mismo en las 35 reuniones anteriores— y los gestos para la galería (con Donald Trump de actor principal, repartiendo exabruptos e insultos) se corre el peligro de pasar por alto el preocupante presente y el negro futuro de la Alianza Atlántica, y de la Unión Europea si se empeña en actuar como hasta ahora. La cumbre que se acaba de celebrar en Ankara no parece que vaya a pasar a la historia, ni por su vertiente más trivial, con Trump limitándose a repetir sus pulsiones imperialistas sobre Groenlandia y sus baladronadas de abusón del patio del colegio, ni por el calibre de las decisiones adoptadas.
Se transmite así una aparente imagen de business as usual que, en ningún caso, se corresponde con la situación real y las perspectivas de una organización militar de defensa colectiva sumida en la peor crisis desde el final de la Guerra Fría. Es cierto que no se ha roto el vínculo transatlántico, los 32 aliados siguen simulando que van a dedicar el 5% del PIB a la defensa en el horizonte de 2035, no se interrumpe la ayuda a Ucrania y hasta el comunicado final hace las consabidas referencias discursivas al Sahel, y, cómo no, al artículo quinto del Tratado. Para Washington la reunión ha servido para pasar lista sobre el grado de cumplimiento del compromiso establecido hace un año en La Haya para aumentar el gasto militar, sin olvidarse de amenazar (cualquier otra palabra rebajaría el matonismo del que Trump haga gala constantemente) a los más díscolos con castigos ejemplares. El resto de los aliados, con el secretario general, Mark Rutte, encabezando un ejercicio de servilismo que raya lo obsceno (sin que rinda beneficios tangibles), se han dedicado básicamente a no desairar al inquilino de la Casa Blanca.
Una lectura menos contemplativa transmite claramente la sensación de mutua desconfianza, con Washington interesado en mantenernos subordinados a su dictado, aprovechando nuestra (europea) incapacidad para superar el cortoplacismo y los resabios nacionalistas que nos han convertido en actores secundarios de nuestra propia seguridad y defensa. EE UU ha sabido jugar muy bien sus cartas desde un pasado en el que nuestras carencias le permitieron representar durante décadas el papel de hermano mayor, hasta un presente en el que la OTAN es su mejor activo para mantenernos a su rueda, jugando con el temor europeo a un futuro sin el paraguas de seguridad nuclear estadounidense.
La OTAN es, desde hace tiempo, el instrumento prioritario de Trump para evitar que los gobiernos europeos se salgan del carril en el que desea mantenerlos indefinidamente; por eso cabe pronosticar que, aunque reduzca su contingente militar en Europa, no llegará a abandonar la Alianza para no perder esa palanca de poder que va mucho más allá del terreno militar. Su posición de (teórico) garante de la seguridad europea le sirve, aprovechando el previsto cierre de la vía de suministro rusa y la ralentización de la transición energética, para convertirnos en compradores del gas estadounidense. Asimismo, dadas las actuales limitaciones de las empresas europeas de defensa, Trump busca garantizar la participación de sus empresas en los programas de rearme que los aliados europeos están poniendo en marcha. Y otro tanto cabe decir sobre la penetración de sus empresas tecnológicas y de servicios financieros en el atractivo mercado comunitario. En todos esos ámbitos Trump explota el miedo cerval de los europeos, haciéndonos ver que, si no nos ajustamos a sus requerimientos, quedaremos desprotegidos de inmediato frente a una Rusia que, en el imaginario militarista de algunos, solo espera la ocasión para abalanzarse sobre nosotros.
Para mayor desgracia de quienes sueñan con la autonomía estratégica de la UE, hasta ahora Washington ha logrado de ese modo que los aliados europeos sigan desunidos entre europeístas y atlantistas y se hayan comprometido a un rearme militar que no se explica en términos castrenses. Aun asumiendo que Rusia es una amenaza real, no cabe olvidar que es la misma Rusia que dedica tres veces menos a la defensa de lo que suman los presupuestos de defensa de la UE (más Reino Unido) y la misma que en más de cuatro años no ha sido capaz de doblegar a una potencia menguante como Ucrania, sumida en una profunda crisis económica. Por supuesto, tampoco se puede olvidar que es la primera potencia nuclear del planeta. Pero de ahí a suponer que Vladímir Putin está a las puertas de lanzar una invasión contra alguno de los Veintisiete hay un amplio trecho que debería llevar a pensar y actuar en clave europeísta, sin tener que plegarse a lo que Trump desee imponernos.
Por un lado, no empezamos de cero. Aun con todas las carencias actuales, es evidente que en el terreno convencional los ejércitos y la industria de defensa de la Unión Europea no está, por no decir lo contrario, por debajo de la potencia militar rusa. Nuestro reto es fundamentalmente de voluntad política para poner lo que ya tenemos a nivel nacional al servicio de una agenda común. Por supuesto, también hay capacidades que faltan, pero si algo deberíamos tener claro es que de aquí no se sale postrándose mansamente ante quien abusa de su condición de hegemón mundial, salvo que los europeos (y Canadá) renunciemos a tener una voz propia en el escenario internacional, en defensa de nuestros propios intereses.
Por eso es hora de convencerse de que la OTAN implica, por definición, subordinarse a un socio que ha dejado de ser fiable y que tiene otras prioridades (China, sobre todo). El camino para lograr una Europa de la Defensa no pasa, por tanto, por pelearse por colocar a generales europeos en puestos de mando reservados a generales estadounidenses o limitarse a reforzar el pilar europeo de la Alianza. Tampoco consiste en seguir sumisamente el rumbo marcado por Washington con un rearme que no responde a consideraciones de estrategia europea, entendiendo que la autonomía estratégica es mucho más que defensa militar; y por eso urge evitar que prosiga el deterioro de nuestros sistemas democráticos y del Estado de bienestar, lo que nos llevaría a un colapso interno. El reto, una vez más, es gastar mejor —es decir, juntos— evitando ejemplos tan penosos como el fiasco del FCAS por pruritos empresariales o la deriva alemana en clave estrictamente nacional.
Atreverse a plantear un proceso de verdadera autonomía estratégica europea no va a ser, evidentemente, un camino de rosas. Por un lado, cabe suponer que creará más fricciones con Washington y, por otro, puede tentar a Moscú a aprovechar la ausencia del paraguas estadounidense para aventurarse más allá de Ucrania. Supone, por tanto, aceptar un riesgo; pero no mayor del que implica ahora mismo creer que EE UU nos protegerá ante cualquier amenaza. Seguir como hasta ahora, en resumen, es suicida, autosugestionándonos con la ensoñación de que EE UU sigue estando ahí en caso necesario. Peor aún, significa perder el tiempo añadiendo más esfuerzos nacionales baldíos, en la medida en que no sirven a ninguno de los Veintisiete para garantizar su propia seguridad, y terminar siendo, como algunos ya vaticinan, irrelevantes tanto juntos como por separado.
Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).



