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Vivir y luchar con el narco, la guerra invisible de los policías del Sur: “Es cuestión de tiempo que nos maten”

domingo, 23 de agosto de 2026
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Entre los policías y guardias civiles destinados en la franja Sur de España se extiende lo que llaman “síndrome del Norte”. En el argot policial denominan así a la hipervigilancia y la alerta con la que viven los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, en referencia a cómo lo hací...

Entre los policías y guardias civiles destinados en la franja Sur de España se extiende lo que llaman “síndrome del Norte”. En el argot policial denominan así a la hipervigilancia y la alerta con la que viven los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, en referencia a cómo lo hacían los agentes en el País Vasco cuando luchaban contra la banda terrorista ETA.

El Campo de Gibraltar, Huelva, Málaga, Sevilla, Granada, Almería, Murcia… La droga “entra ya por todos sitios”, reconocen, y una guerra armada e invisible se libra en un segundo plano de la realidad velado por las sombrillas, los chiringuitos de playa, las terrazas a reventar, las ferias y las romerías de El Rocío.

El síndrome se propaga mientras los agentes persiguen narcolanchas, interceptan alijos, son tiroteados con ametralladoras o descubren que sus fotos corren por los grupos de Whatsapp de los narcotraficantes. Sin ir más lejos, la madrugada de este martes tiroteaban una patrullera del Servicio Marítimo de la Guardia Civil de Huelva, que se saldó con diez detenidos y seis toneladas de hachís incautadas.

Pero, pese a lo arriesgado de sus misiones cotidianas, los policías y guardias que luchan contra el narco en el Sur siguen sin contar con el plus de peligrosidad (unos 700 euros mensuales), que sin embargo sí mantienen aún los agentes en el Norte por motivos “políticos e históricos”, justifican en Interior.

Sindicatos y asociaciones policiales pelean en los despachos del ministerio que dirige Fernando Grande-Marlaska para que se reconozcan esas regiones del Sur de España también como Zonas de Especial Singularidad (ZES) y mejorar sus condiciones de vida y de trabajo. “Esa zona tiene planes especiales desde el principio de la legislatura que se van reforzando en cuanto a medios y agentes conforme a las necesidades y para adaptarse a la evolución de la lucha contra el narcotráfico”, aseguran en Interior.

“Pero la situación está totalmente descontrolada: ellos [los narcos] cada vez son más y nosotros cada vez menos”, contrapone un veterano mando del EDOA, el Equipo de Delincuencia Organizada Antidroga de la Guardia Civil, en Huelva. Y advierte: “Ya nadie quiere venir aquí, la mayoría de los que llegan lo hacen obligados y, en cuanto pueden, se van”.

En los destinos más calientes, primera línea de combate del narco, como Algeciras, Isla Cristina, Punta Umbría, Islantilla, Ayamonte, Lepe, Cartaya o Matalascañas, la vida de policías y guardias civiles se sustenta sobre el anonimato porque son muy conscientes de que viven junto a los narcotraficantes al tiempo que luchan contra ellos y sus organizaciones.

El anonimato

“Nadie sabe a qué me dedico”, “nunca hago la misma ruta cuando salgo de casa”, “no nos relacionamos con casi nadie”, “mis hijos saben que hay asuntos de los que no se habla fuera de casa”, “mi mujer ha normalizado el peligro: le digo que voy a intervenir un alijo y me pregunta si llego a comer”, “solo creamos vínculos con ‘los nuestros’”, “aquí no hay delincuencia, aquí hay una guerra entre el Estado y el narcotráfico y la batallamos nosotros con pocos medios y muy solos”, coinciden casi una decena de guardias y policías entrevistados para este reportaje destinados en Algeciras (Cádiz) y la provincia de Huelva, donde los traficantes están envalentonados.

“El narcotráfico se ha convertido en uno de los principales problemas de seguridad de nuestra provincia”, afirmaba la Asociación Unificada de Guardia Civiles (AUGC) de Huelva en un comunicado del pasado 23 de junio. Es una de las agrupaciones más activas y batalladoras de España, destapando la situación en la que trabajan y, a veces, mueren los compañeros.

Salida del funeral de los dos guardias civiles fallecidos en la persecución de una narcolancha en Huelva (Andalucía) el pasado 8 de mayo. EFE
Salida del funeral de los dos guardias civiles fallecidos en la persecución de una narcolancha en Huelva (Andalucía) el pasado 8 de mayo. EFE

Algunos datos hablan. En 2025 se intervinieron en Huelva 65.301 kilos de hachís, frente a los 20.000 de 2024, y en Andalucía se registró un incremento general de incautaciones del 38,5%, según los últimos datos publicados por Interior. La cocaína incautada en Huelva ascendió a 3.307 kilos en 2025, un 24% más que el año anterior según la Fiscalía Antidroga, pero en toda Andalucía la aprehensión de esa droga bajó más de un 50%, según el balance del ministerio. La explicación: “La presión se centró en los contenedores de los puertos, que eran su principal vía de entrada, pero ahora la están metiendo en narcolanchas desde la costa africana y Portugal”, aseguran los agentes.

Hay otra cifra relevante: solo en los meses de marzo y abril de este año se incautaron 11 toneladas de cocaína en la provincia de Huelva, según datos de la AUGC y a falta de la estadística del Ministerio del Interior del año en curso. El crecimiento es exponencial y los responsables de la lucha contra el narco mantienen una tesis velada por las cifras oficiales: “Está entrando mucha más coca y estamos pillando mucha menos”. Imposible cubrir los 1.100 kilómetros entre Huelva y Murcia, con varios ríos navegables: Guadalquivir, Guadiamar, Guadiana, Odiel…

En el reverso de ese segundo plano de la realidad, policías y traficantes se encuentran por las calles de sus pueblos y ciudades, se reconocen en la cola del supermercado, en la entrada del colegio de sus hijos, en los bares (algunos, propiedad de los narcos), en el banco… La convivencia es constante y ya no está claro quién vigila a quién.

No son pocos los agentes de policía y guardia civil que se han topado con su fotografía en los chats de los narcos cuando han intervenido sus teléfonos. Y se han visto a sí mismos andando por la calle de paisano junto a un mensaje identificativo: “Éste es de la UDYCO [Unidad de Delincuencia y Crimen Organizado de la Policía Nacional]”; o en un restaurante con su familia: “Este es menganito”. Han encontrado fotos de las matrículas de sus coches oficiales y particulares, imágenes de las puertas de entrada de sus casas y garajes… La vigilancia entre policías y narcos es constante y mutua.

“Yo he tenido que cambiar a mi hijo de clase para no tener que ver al narco que acababa de detener en los cumpleaños de los compañeros”, dice un agente de la Policía Nacional de Algeciras. “Yo me fui de una boda para evitar ser fotografiado junto a un conocido narcotraficante”, comenta otro.

“Un día vas a pagar la cuenta del restaurante y te dicen que la ha pagado no sé quien, que sabes que está en ‘el negocio’”, “otro día, llega un conocido del barrio y te ofrece colaborar con fulanito por una jugosa cantidad…”, relatan varios miembros de la Guardia Civil del servicio marítimo de Huelva. El poder económico del narco no ceja en el intento de comprar voluntades en su entorno.

Furtivos de Doñana

Buena parte de la información la obtienen los narcos a partir de “un ejército de chavales”, aseguran los agentes. Los llamados puntos, muchos menores, dedicados a labores de vigilancia del territorio, apostados en cualquier esquina para chatear todos los movimientos en tiempo real. Pueden llegar a pagarles mil euros solo por pasarse el día delante de una puerta, dar una matrícula, decir quién pasa por un cruce...

Ahora han incorporado a sus filas a los cazadores furtivos de Doñana, oriundos del lugar que conocen como la palma de su mano ese paraje protegido, cuajado de meandros, estuarios, caños y marismas. Por un buen suplemento económico, les ayudan a esconder y sacar la droga por zonas casi inaccesibles. “Ese es un coladero de droga, controlarlo es prácticamente imposible”, reconocen los guardias, impotentes ante la capacidad perforadora del narcotráfico.

Pasamontañas, placas balísticas en el pecho, chalecos antibalas reforzados en los laterales, armas automáticas, escudos… En las operaciones policiales que se desarrollan en el Sur de España ya no se distingue entre un policía de la brigada antidroga (habitualmente de paisano) y un GEO (policía equipado de acuerdo a un Grupo Especial de Operaciones); o entre un guardia civil de la judicial y un GAR (Grupo de Acción Rápida). Ahora todos van pertrechados hasta los dientes, muchas veces con protecciones compradas con su propio dinero —“A falta de mejores dotaciones”, apuntan—, o incluso “con material que le requisamos a los narcos”, confiesan.

Todo vale —lanchas rápidas semirrígidas, embarcaciones de recreo o barcos pesqueros— para colar la enorme cantidad de sustancia estupefaciente que viene por la llamada “ruta africana” desde Latinoamérica, y que desembarca en la Península toneladas de cocaína usando las antiguas (y las nuevas) vías del hachís. La superproducción de coca en Colombia ha tirado los precios y, si un kilo puesto en el mercado se pagaba a 30.000 euros hace cinco años, ahora se paga a la mitad.

La entrada de cocaína es directamente proporcional al incremento de la violencia de los grupos que operan en el Sur de España, a las armas en circulación (no contabilizadas en el balance de incautaciones de Interior) y al dinero que se mueve en la zona. El inmenso poder económico del narco ha descompensado la lucha y elevado el descaro y la insolencia con la que actúa.

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Todos saben que, tras la apariencia cochambrosa de algunos edificios del Barrio del Saladillo de Algeciras, hay auténticas mansiones con toda clase de lujosas comodidades. O que en la Cafetería Goya, frente a las moles de contenedores del puerto algecireño, se concretan las posiciones de los puntos. O que en el restaurante Embajador se cierran importantes negocios entre grandes capos. En realidad, todo se sabe, pero todos viven como si no.

El narcotráfico lo ha contaminado todo, subrayan los agentes. Y ahora se abre paso con armas largas. No se pueden fiar. Viven al filo de la paranoia. A algunos las balas les han dado o pasado ya demasiado cerca, han llegado a despedirse mentalmente de sus hijos mientras esperaban un tiro de gracia que afortunadamente no llegó. Buscan ayuda psicológica, después de haberse dado por muertos, para volver a dormir, para no coger el arma reglamentaria en casa cada vez que suena el timbre y para regresar cada día a ese frente que nadie parece querer ver y ante el que se sienten demasiado incomprendidos, dentro de una sociedad anestesiada.

⚠️ Riesgo máximo🔥 Tensión🔫 Disparos🌊 RescatesAsí es el día a día del Servicio Marítimo de la Guardia Civil 🚤La agresividad del narco no nos va a parar, pero necesitamos medios y personal.También recordamos que este esfuerzo tiene que ser reconocido: somos quienes más… pic.twitter.com/nytKAjZK5r— AUGC Guardia Civil 🇪🇸 (@AUGC_Comunica) August 22, 2026

⚠️ Riesgo máximo🔥 Tensión🔫 Disparos🌊 RescatesAsí es el día a día del Servicio Marítimo de la Guardia Civil 🚤La agresividad del narco no nos va a parar, pero necesitamos medios y personal.También recordamos que este esfuerzo tiene que ser reconocido: somos quienes más… pic.twitter.com/nytKAjZK5r

Realidad paralela

“De Despeñaperros para arriba, España no sabe lo que pasa aquí: tiroteos en los que nosotros disparamos con pistolas reglamentarias y ellos nos responden con ametralladoras; asesinatos y ejecuciones por ajustes de cuentas como el del otro día en Isla Cristina; persecuciones por tierra, mar y aire; vuelcos [robos] de droga en directo… Todo suena a película, pero es nuestro día a día, es como si viviéramos en una realidad paralela”, describe un policía del GRECO, los Grupos de Respuesta Especial para el Crimen Organizado de la Policía, que cuenta con cinco equipos de entre 9 y 12 personas en Andalucía. “Es solo cuestión de tiempo que nos maten a uno”, remacha un guardia del EDOA de Huelva.

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El cambio ha sido rápido y drástico. “De dos años para acá”, datan policías y guardias de los grupos antidroga de Cádiz y Huelva. Coincide con la superproducción de cocaína en Colombia; con la presión de EE UU y Donald Trump, que está potenciando la narco-ruta atlántica africana, y con la aparición de todas esas armas y una guerra abierta en el centro de Europa.

Ahora las organizaciones criminales contratan a sicarios, armados hasta los dientes, para proteger su mercancía: “Mercenarios albaneses y serbios, delincuentes con largos historiales, miembros de bandas latinas… Ni nos conocen, ni los conocemos. Vienen, hacen su trabajo, escoltan la droga hasta las últimas consecuencias y se van. Son profesionales sin escrúpulos”, relatan los policías del GRECO.

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En la cabeza de Marcos, que prefiere omitir su verdadero nombre, silban todavía las ráfagas de balas que veía saltar en la arena junto a sus pies, mientras corría codo con codo con sus dos compañeros para tirarse a una acequia y ocultarse entre la maleza en Isla Mayor (Sevilla) el pasado 8 de noviembre. Él es uno de los tres policías heridos en este ataque.

“Es una paraje inhóspito, entre caminos de tierra, canales y naves. Llegamos poco antes del amanecer”, recuerda. Les habían ordenado inspeccionar la zona porque los narcos habían conseguido sortear al operativo policial y colar la droga. Debía de ser un buen alijo porque habían esperado tres días con la mercancía en una goma (lancha rápida), frente a la costa portuguesa.

“Llegamos a un caserío, escuchamos unos motores y vimos unas luces que se acercaban”, cuenta Marcos. “De pronto, me pareció estar viendo una escena de Medellín: un todoterreno con el cuerpo del copiloto saliendo por la ventana, embozado y sujetando un fusil de asalto. Un remolque cargado hasta arriba de fardos de droga con otros dos tipos con pasamontañas, custodiándola también con sus AK-47; y detrás, otro todoterreno con dos hombres con armas largas sobresaliendo por el techo solar del vehículo. Solo pensaba en que no nos vieran, pero descubrieron nuestro coche. Descargaron la droga y volvieron a por nosotros”, recuerda.

Marcos participó el pasado 27 de enero en la detención de quienes aquella mañana les acribillaron. Eran dos conocidos delincuentes, el Pajarito (Abdelasid M. M., algecireño de 29 años) y el Moreno (Muhammad Yunes M. S., ceutí de 22), que manejaban armas desde los 14 años. Volvió al tajo a los pocos días, por los 2.300 euros netos que gana al mes, sin horario ni días libres fijos. Pero desde entonces apenas duerme porque su cabeza se quedó en una especie de estado de “alerta permanente” y acude a un psicólogo privado, pagado de su bolsillo. “Saco al perro con la pistola, anticipo toda clase de peligros”, dice.

Hasta “hace dos o tres años”, los grupos de GRECO actuaban cada uno en su delimitación territorial. Ahora tienen que darse apoyo todos a todos en las intervenciones porque, solo para un alijo, los narcos movilizan a cerca de cincuenta personas, muchas armadas, entre transportistas, ojeadores e informadores, paqueteros (recogen la mercancía), seguridad y guarderías (almacenes temporales para la droga). “Llevo más de 20 años en esto y he intervenido más armas en 2025 que en toda mi carrera, buena parte de ellas largas, de guerra”, comenta uno agente de GRECO-Cádiz.

Y lo mismo ocurre en la Guardia Civil, donde, después de que el ministerio del Interior retirase en 2022 al OCON-Sur (Órgano de Coordinación contra el Narcotráfico en Andalucía) tras detectar supuestos casos de corrupción, muchos agentes se ven ahora obligados a dejar sus actividades habituales de seguridad ciudadana para emplearse a fondo en la lucha contra el narco, ya que los Equipos de Delincuencia Organizada y Antidroga (EDOA) no resultan suficientes. La desbordante situación la resume un guardia civil de Seguridad Ciudadana de Cartaya (Huelva): “Estamos dejando de coger denuncias y de atender al ciudadano porque nos llaman para dar apoyo en un alijo cada dos por tres”.

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