George Clooney vivió su mejor momento en el Festival de Venecia en 2005. Fue gracias a su segunda película como director, Buenas noches, y buena suerte, sobrio homenaje a Edward R. Murrow, el periodista que puso en evidencia la paranoica cruzada anticomunista de la caza de brujas del senador Joseph ...
George Clooney vivió su mejor momento en el Festival de Venecia en 2005. Fue gracias a su segunda película como director, Buenas noches, y buena suerte, sobrio homenaje a Edward R. Murrow, el periodista que puso en evidencia la paranoica cruzada anticomunista de la caza de brujas del senador Joseph McCarthy. Clooney la rodó pensando en su padre, el periodista Nick Clooney, y en todos los periodistas que ha admirado desde niño.
El actor no logró aquel año el León de Oro porque se cruzó por su camino el amor desbocado de Heath Ledger y Jake Gyllenhaal en Brokeback Mountain, de Ang Lee, pero el festival veneciano le demostró este miércoles su fidelidad con el León de Oro a toda su carrera. En una conferencia de prensa previa, con su habitual sensatez y simpatía, Clooney habló de prensa y democracia y de la amenaza que supone para la idea de la verdad la inteligencia artificial. “No me gustaría estar en un anuncio de tampones veinte años después de mi muerte”, dijo. “Pero la verdad es que no es el cine lo que me preocupa, sino las falsas noticias que generará la IA y cómo podremos discernir qué es la verdad”.
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Clooney citó sin parar a su esposa, Amal Clooney (“Me casé con ella en esta ciudad, que para nosotros es más que un lugar romántico, es una ciudad que, como este festival, te llena de esperanza”); defendió la libertad de expresión al ser preguntado por su colega Mark Ruffalo (“Me cae bien, es un buen hombre”); y recordó su labor para ayudar a periodistas encarcelados con The Clooney Foundation for Justice.
“El lugar del periodismo está hoy en cuestión. Hay demasiados medios en manos de algunas de las personas más ricas del mundo, como The Washington Post o Twitter [la red social ahora llamada X], y eso es muy preocupante. Pero aún hay sitio para el buen periodismo. Soy hijo de un reportero, igual que mi esposa, y solo sentimos admiración por ese trabajo; por eso desde nuestra fundación apoyamos a muchos de los que viven bajo dictaduras. No es la primera vez que la prensa sufre desafíos tan grandes, ocurrió en los años sesenta, y logró salir adelante. Soy un hombre optimista”.
Pese a exhibir esa buena disposición —que aplicó también al momento político de su país: “¿Donde está la decencia de toda esta gente? En fin, lo superaremos”— Clooney admitió que de alguna manera ya se siente retirado (”me temo que me he convertido en un actor de carácter […]; me gusta pasar tiempo con mis hijos de nueve años”), y que observa con cierta tristeza el pasado: “Tengo 65 años y ahora mismo hasta lavarme los dientes es un gesto melancólico. A mi edad sientes el peso de las cosas, pero a la vez aprendes a celebrarlas”.

No solo gracias a Clooney, el periodismo fue el protagonista absoluto de la primera jornada del festival. La película inaugural, Ink, del británico Danny Boyle, basada en la obra teatral de James Graham, narra cómo The Sun se convirtió en los años setenta en manos del empresario australiano Rupert Murdoch y del editor británico Larry Lamb en el tabloide más leído del Reino Unido. Con ese estilo gamberro, nervioso y enfático que le conocemos desde Trainspotting, Boyle describe con estilo metralleta la escalada populista de un medio que potenció la información televisiva, los deportes, los sucesos y el sexo para contentar y atrapar a más lectores.
El resultado está plagado de frases lapidarias sobre qué es y qué no es periodismo y que se podrían resumir con la idea de que un medio sensacionalista busca ser un espejo en el que mirarse y no una ventana para mirar y aprender el mundo. Boyle describe con ritmo y gracia esa escalada hacia el oficio más marrullero, pero no logra ir más allá en el retrato de los personajes (con Guy Pearce en la piel de Murdoch y un gran Jack O’Connell, en la de Lamb); un duelo editor-empresario que se salda con Lamb, que falleció en 2000, como el más oscuro de ambos.

La tercera película que puso el periodismo sobre la mesa fue el biopic sobre la legendaria fotorreportera judía alemana Gerda Taro, dirigida por Alina Marazzi. Abrió la sección Orizzonti.
Titulada La chica de la Leica, la película mezcla en su ágil montaje archivos históricos que van de las fotografías de Taro y su compañero, Robert Capa, a filmaciones del NODO con Franco, de la Guerra Civil, de la Alemania nazi y de los movimientos antifascistas internacionales de aquellos terribles años. Marazzi propone una mirada feminista en primera persona, que a través de la voz de Taro juega con algunos anacronismos para viajar de Alemania a Francia y España de la mano de una fotógrafa pionera que fue eclipsada por la fama de Capa, autor de una de las fotografías más célebres y discutidas de la historia: Muerte de un miliciano.

Taro y Capa tomaron juntos muchas imágenes que fueron atribuidas solo a él. La muerte de ella, aplastada por un tanque republicano mientras ambos huían del bando sublevado, complicó la tarea que delimita del todo su legado. “Estar en la segunda sección del festival con esta película es pura coherencia”, afirmó este miércoles Marazzi en el Lido haciéndose eco de la polémica por la escasa presencia de mujeres directoras en el concurso. “Esta es la historia de una mujer que fue durante mucho tiempo invisible y ninguneada. Solo gracias al esfuerzo de los estudiosos hoy podemos conocerla más a fondo”. Su película, presentada en una Mostra volcada por una jornada con el oficio de contar la realidad, también contribuye a esa tarea.




