El factor humano

Una de las ventajas de haber nacido en una época analógica es que no tuve la oportunidad de aficionarme a los videojuegos. Tengo bastante claro que, de otro modo, hubiera sido carne de cañón y ahora sería uno más de los seres humanos embaucados por el sortilegio maligno de las pantallas que reblandecen el cerebro. Eso que me ahorro en psicólogos. Mi único coqueteo con esa clase de diversión se produjo a finales de los 90 con un héroe musculoso y presumido, un tipo duro, engallado, de conducta no muy recomendable, que salvaba a la tierra de una invasión alienígena a base de enfrentamientos a vida o muerte. Se llamaba Duke Nukem . Mi hijo Fernando y yo pasábamos buenos ratos haciendo que aquel tipo liquidara sin contemplaciones, con lanzacohetes y armas futuristas, a cualquier invasor que se cruzara en nuestro camino. El único problema era que antes o después alguien salía de un escondite inesperado, mataba a Duke Nukem y nos mandaba a mi hijo y a mí a la casilla de salida. Fernando lo llevaba fatal. La idea de que nos levantaran la tapa de los sesos, aunque fuera sólo de forma virtual, y de que no pudiéramos avanzar en nuestra aventura al ritmo que él deseaba le provocaba tanta frustración que más de una vez trató de obligarme a tirar la toalla. Yo no encontraba la forma de disuadirle. Por mucho que le explicaba que en la vida no sirven los atajos y que había que aprender a encarar las adversidades con entereza, sin miedo a lo que nos pudiera pasar, él se aferraba al argumento de que era una estupidez dejarse matar tantas veces y que lo mejor era apagar el ordenador y dedicarse a otra cosa. Y probablemente lo hubiéramos hecho si no hubiera descubierto, escudriñando en Internet, que había un modo de convertir a nuestro Duke Nukem en un luchador inmortal. Yo me negaba a jugar en esas condiciones por la misma razón por la que me negaba a hacer apología de los superhéroes o denostaba la popularidad de Harry Potter: porque la condición humana no tiene superpoderes y debe aprender a enfrentarse a los retos que le salen al encuentro con las únicas armas que le vienen dadas de fábrica: el valor personal, la fe en uno mismo y la perseverancia en el esfuerzo. No hay varitas mágicas que resuelvan los problemas, le decía. No podemos generar huracanes con el aliento ni emitir rayos de calor con los ojos. Nuestra grandeza es nuestra debilidad. Pero él no quería escuchar lecciones moralizantes sacadas de un manual pedestre de cómo hacerse un hombre. Lo único que quería era sentirse protegido por mí, saber que mientras estuviéramos juntos yo no permitiría que ningún alienígena viniera a hacerle daño. No lo supe ver. Me pareció que era más importante contarle la verdad que prolongar su creencia infantil en los cuentos de hadas. Qué puñeteramente difícil es ser padre. ¿Me equivoqué? Yo quiero pensar que no, pero me apuesto pincho de tortilla y caña a que si ahora volviéramos a jugar teclearía el código de la inmortalidad y convertiría a Duke Nukem en un luchador indestructible.

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