Era una preciosa casa de piedra junto a un lago que toda la familia amaba. En ella pasaron los mejores veranos de su vida. Las plantas y los árboles los cuidaban entre todos como si fueran los floricultores de un jardín botánico. Los vecinos que llegaron a la zona antes que ellos después del incendi...
Era una preciosa casa de piedra junto a un lago que toda la familia amaba. En ella pasaron los mejores veranos de su vida. Las plantas y los árboles los cuidaban entre todos como si fueran los floricultores de un jardín botánico. Los vecinos que llegaron a la zona antes que ellos después del incendio les enviaron fotos, pero no ha sido hasta que la han tenido delante que han logrado dimensionar que se trata de una verdadera tragedia.
El mayor incendio de la historia de España desde que se tienen registros ha afectado 77.000 hectáreas -50.000 de ellas en Ávila- y ha obligado a confinarse o desplazarse a casi 100.000 personas. El humo resulta visible desde el satélite Meteosat. A su paso, las llamas han destruido montes, campings, restaurantes y chiringuitos campestres, coches y casas. Los que han podido regresar, aunque fuese solo por unos minutos, han comprobado por sí mismos lo que les ha robado el fuego.
Beatriz Seijas llegó acompañada al chalé de su yerno y de Karim, el técnico de mantenimiento de la urbanización Calas de Burguillo, en la provincia de Ávila. Le dieron ganas de llorar al ver cómo había quedado todo. El jardín no existe ya. Tampoco el porche, que ha quedado reducido a cenizas. De las herramientas no queda ni el metal, las altas temperaturas lo fundieron todo, incluso las baldosas del suelo. La tizne trepó por las paredes de piedra. La puerta principal aguantó, pero por una ventana lateral se colaron las llamas y quemó una viga, que acabó en el suelo.
Las arizonas han ardido y del ciprés solo queda el tronco. “El trabajo de jardinería de toda una vida tirado a la basura”, resume Miguel Serrano, el marido de una de las hijas de Seijas. Era también su hogar durante los fines de semana de invierno, un lugar “paradisiaco”, algo de un valor “incalculable”. “Está siendo un golpe muy duro para todos nosotros”, añade. Enfrente, la casa tiene el impresionante paisaje del valle de la Iruela, ahora mismo presa de las llamas. Serrano recuerda emocionado la sensación de contemplarlo. Nadie sabe cuál será su aspecto mañana.
La devastación ha recorrido Ávila, ha pasado por Toledo y ha dado el salto a Madrid. En ese triángulo que forman las tres provincias avanza el fuego sin que por ahora se haya podido detener. Diego Grande Zamarano, de 53 años, tiene el aspecto de un hombre sencillo; la piel curtida y una barba de varios días -la cosa no está como para perder tiempo con la maquinilla-. Trabaja en la obra, pero también se ocupa de algo más de media hectárea en Navaluenga que heredó de su padre, un pastor de cabras ya retirado. El fuego se ha llevado por delante casi todo. “Tenían mucho valor sentimental. No puedo ponerle precio a esto”, explica Grande, que duerme en un centro polideportivo que la Comunidad de Madrid ha puesto a disposición de los desplazados.
No tenía la tierra asegurada, así que no tiene claro qué va a ocurrir. Se dedicaba al campo por amor. Un amor verdadero que incluye a los animales, a las plantas, a los árboles, al cielo y al viento. No quiso ser pastor de cabras porque es un trabajo “muy esclavo, de 365 días”. “Una vaca te la cuida cualquiera. Es fácil darle de comer, de beber, de ordeñar, pero una cabra ya es otra cosa”, explica para que la gente logre dimensionar lo que supone ocuparse de una. Por eso acabó poniendo ladrillos y haciendo mezcla, un oficio que le permite dormir sin tantas preocupaciones. Pero eso no quita que su verdadera vocación sea el monte. Dice que él en realidad es un hombre de los arroyos y los bosques. Para alguien así, lo que ocurre estos días es “terrible y devastador”. Y se le corta la voz cuando se pone a pensar en el tiempo que tardarán las cosas en tener el aspecto de antes.
Si alguien lo entiende es Antonio Luis Rodríguez Zarzalejo, también trabajador del campo. Su especialidad es limpiar fincas. Su casa en San Martín de Valdeiglesias no ha sufrido desperfectos. El jueves trató de regresar a ella después del trabajo, pero la Guardia Civil, en la carretera de entrada, se lo impidió. Pidió que hiciesen una excepción y le dejaran pasar para evacuar a su perra Kiara, pero le dijeron que era demasiado peligroso. Un cuñado que se ha quedado confinado en San Martín se acerca todos los días y le da agua y comida a la perra, y comprueba que a la casa no le pase nada. Teme que le roben, pero eso ya lo deja en manos de Dios.
En invierno, metió unas ovejas en el terreno de alrededor de su casa para que se comieran todo el pasto y así evitar que se quemaran. Eso le resultó. No ha corrido la misma suerte la finquita de dos mil y pico metros que tiene en la zona de Pelayos de la Presa, uno de los sitios más golpeados por el fuego. Tiene un huerto, unas olivas y un pequeño viñedo. No es mucho, dice, pero le duelen tanto como si fueran las 500 hectáreas que tenían Brad Pitt y Angelina Jolie en California cuando eran pareja. Como padre divorciado, este es el mes de verano que le toca con su hijo, de 13 años. Como no han podido volver a casa, van vestidos con ropa que les han prestado. Antonio Luis quiere que abran ya la carretera a San Martín para poder ir a casa, subir a la perra al coche y acercarse a la finca. Será duro verlo con sus propios ojos, pero al menos, dice, tendrá a su hijo al lado.
Por ahora, se sabe que en Madrid son más de 40 las casas destruidas y hay cerca de 300 con daños de diversa consideración. El primer lugar donde pudo comprobarse que las llamas no daban tregua fue en El Encinar del Alberche, una urbanización de Villa del Prado. Sus vecinos, el jueves, tuvieron que evacuar de emergencia, aunque dos días después tuvieron autorización para regresar. Este sábado han tenido que volver a marcharse. En esas horas en las que pudieron caminar por sus calles comprobaron que había viviendas devastadas, coches carbonizados, jardines perdidos para siempre. “La primera impresión al volver no la voy a olvidar nunca”, dice Emilia López, una de las vecinas. La estructura de su casa no ha sufrido daños importantes porque la piscina, en la parte delantera de la finca, hizo de cortafuegos. El patio, sin embargo, ha quedado destruido. La sensación de que le han arrebatado algo no se la puede quitar de encima. El fuego les ha robado a todos.



