
La Moncloa parece albergar una maldición. Desde que Adolfo Suárez decidió, en 1976, instalar allí el cuartel general de la primera presidencia del Gobierno democrático en 40 años, no hay jefe del Ejecutivo que no la haya abandonado entre calamidades y escarnios. El propio Suárez, forzado a dimitir c...
La Moncloa parece albergar una maldición.
Desde que Adolfo Suárez decidió, en 1976, instalar allí el cuartel general de la primera presidencia del Gobierno democrático en 40 años, no hay jefe del Ejecutivo que no la haya abandonado entre calamidades y escarnios.
El propio Suárez, forzado a dimitir con rumor de sables al fondo; Leopoldo Calvo-Sotelo, con una hecatombe electoral para los anales de la ciencia política; Felipe González, asediado por una ristra inigualable de escándalos; José María A...

