
Anne Hathaway está haciéndolo todo bien. Lo enseñan a diario las revistas, los TikToks, los críticos más sesudos. El público la ama. Las redes la aman. Pero la cuestión es que antes tampoco hizo nada mal. No específicamente mal. Pero ahí el público la odió. Internet la odió. El mundo se puso en su c...
Anne Hathaway está haciéndolo todo bien. Lo enseñan a diario las revistas, los TikToks, los críticos más sesudos. El público la ama. Las redes la aman. Pero la cuestión es que antes tampoco hizo nada mal. No específicamente mal. Pero ahí el público la odió. Internet la odió. El mundo se puso en su contra. Sin embargo, este año la actriz estadounidense estrena cinco películas; entre ellas, dos de los taquillazos del año, El diablo viste de Prada y La odisea. Este viernes llega a los cines españoles la cuarta, El final de Oak Street, una película de dinosaurios en los suburbios estadounidenses. Hace 10 años, a esa Hathaway las redes se la habrían merendado, los esnobs de las pantallas la habrían ridiculizado, la taquilla probablemente la habría hecho trizas. Pero ha pasado una década y todo ha cambiado. Para el público, para la recaudación y, sobre todo, para ella misma.
Este 2026, Hathaway, de 43 años, encara el que es el año más exigente de toda su carrera. La propia actriz ha llegado a decir que es algo que probablemente nunca se repita. Y que tenía que estar muy preparada para ello. Ella lo ha ido calculando, desde que empezaron a lloverle los guiones que cristalizaron en rodajes y se rematan ahora con impecables campañas de promoción que se extenderán hasta la temporada de premios, en el primer trimestre de 2027. Además, este año ha traído una guinda para mostrarle al mundo algo más que su impecable trabajo: la buena marcha de su vida personal en forma de embarazo, que anunció en junio. Y con ese estado ha redondeado su perfecto y calculado retorno. Ella misma lo dejaba claro en una entrevista con The New York Times cuando arrancó su imparable temporada, entre carcajadas, su mejor herramienta de promoción: “Antes no estaba preparada como persona ni como artista. Necesitaba desarrollarme más, porque si no me iban a comer viva”. Sabía bien de lo que hablaba, porque había sufrido ese canibalismo una década atrás.
Más información
El año para Hathaway empezó en abril con el estreno en EE UU de Mother Mary (a España llegó el 31 de julio), un filme oscuro e independiente donde interpretaba a una estrella de la canción, un trasunto de Taylor Swift (el director, David Lowery, explicó a Empire que habían visto en bucle una de las giras de la artista, Reputation, como inspiración). Una película pequeña a la que en una semana siguió otra gigante: la esperada segunda parte de El diario viste de Prada, donde retomaba el que ella ha dicho que es uno de los papeles con los que más la identifican por la calle, el de Andy Sachs, la torpe y muy humana subordinada de la gélida Miranda Priestly (Meryl Streep). Su impecable química volvió a funcionar, acompañada de una brillante promoción global y millonaria, y la taquilla premió la película con 700 millones de dólares (unos 606 millones de euros).

Muchos millones, pero no tantos como La odisea, de Christopher Nolan, que ha recaudado 1.200 millones de dólares en menos de un mes (1.040 millones de euros). Tras años deseándolo, Hathaway por fin ha vuelto a trabajar con Nolan, más de una década después de Interestelar (2014), que supuso un salto hacia una imagen más poderosa tras su papel, más vulnerable, en la adaptación al cine del musical Los miserables, por el ganó el Oscar a mejor actriz de reparto en 2013.
Ahora llega El final de Oak Street, una de aventuras con Ewan McGregor, que ha rodado sobre todo por las ganas de trabajar con su director, David Robert Mitchell, como contaba a Europa Press en su estreno. Su embarazo ha avanzado pero ella, omnipresente, está lejos de irse: no ha parado de bromear en redes y visitar platós con McGregor en las últimas semanas. Y todavía le falta Verity, en octubre, un thriller sobre una exitosa escritora a la que, tras un accidente, sustituye Dakota Johnson.
La actriz ha sabido mezclar los proyectos: lo indie, lo más pop, la gran película de autor, la familiar, la de miedo. En El diablo viste de Prada comparte escenarios con Streep y Emily Blunt. En La odisea brilla entre un reparto más global. En Oak Street ha compartido juego con McGregor. Y en Mother Mary la promoción, más discreta, se ha enfocado sobre todo en ella. Tanta variedad y cantidad no parece cansar a una actriz a que hace solo una década Hollywood decidió odiar sin un motivo concreto y que, ahora, no pasa un día sin soltar una carcajada ante un fotógrafo.

Quizá ahí esté la clave, por cursi que suene: que Hathaway ha pasado de la sonrisa a la risa. Antes, sonreía discreta. Ahora, no duda en reírse en entrevistas, photocalls, hasta de sí misma. Todo empezó cuando ganó el Oscar por Los miserables, con un papel durísimo. Ella contó a The Guardian que no sintió esa esperada “felicidad sin complicaciones” cuando subió a por la estatuilla, tras un papel que le exigió ayunar, perder 11 kilos y raparse el pelo; entonces, parecía pedir perdón a cada paso. Sus declaraciones sonaban siempre políticamente correctas. Dijo, por ejemplo, al hilo del Oscar: “Me sentía mal estando ahí con un vestido que costaba más dinero del que mucha gente vería en su vida”. Llevaba un Prada hecho a medida valorado en 70.000 euros y un collar de 8,6 millones de euros. Tan caros como los de cualquier actriz. Tan prestados como los de cualquier estrella.
Aquella Hathaway algo pazguata irritó en un momento en la industria del cine estaba cambiando. Cuando las publicaciones tradicionales dejaron de tener tanto peso y los comentarios de los fans, las redes y los blogs empezaron a valer mucho más. Ella no encajó con el perfil de buena muchacha que sus publicistas trataron de vender. La química con el público se rompió. Y llegaron los Hathahaters, como se denominaron sus críticos.

Las páginas de Facebook la criticaban, y por cada una de sus frases había un tuit de burla. Ese extraño e ingrato odio protagonizaba análisis y programas de televisión. Ella llegó a declarar, quizá con ingenuidad, quizá en busca de paz, que aquello la afectaba. Como dijo (o predijo) Carolina Bermudez, por aquel 2013 presentadora de un programa de entretenimiento de CBS, The Couch: “Ahora mismo, no hay nada que Anne pueda hacer para no estar en el escrutinio. Su mejor opción es irse lejos un tiempo, quizá tomarse unas vacaciones largas y necesarias y dejar que los críticos encuentren otra persona a la que vilipendiar. En Hollywood, no tardarán mucho”.
Y eso hizo. No se fue de vacaciones, pero movió el foco. Atravesó la segunda década de los 2000 con muchos proyectos, pero no todos reconocidos. El plan no era dejar de estar, sino estar más calculadamente. Ella misma contaba en esa entrevista con The New York Times que creía estar “en la sección indie y rarita” de su carrera, y que lo grande no volvería. Hasta que hace un par de años, dos películas dieron otro giro de guion a su carrera.

Por un lado, la romántica La idea de ti, un exitazo de plataformas, donde interpreta a una mujer de 40 años que se enamora de un músico veinteañero, que le dio visibilidad entre las nuevas generaciones. Por otro, el que ella ha definido como uno de los papeles más complejos de su carrera, el de Céline en Vidas perfectas, con Jessica Chastain, que la colocó en un punto complejo con respecto a la maternidad. Para entonces, ya hablaba alto y claro de los Hathahaters: “Mucha gente no me ofrecía papeles porque les preocupaba mucho lo tóxica que se había vuelto mi identidad en Internet”, reconocía en Vanity Fair.
Ahora, Hathaway está de vuelta. Tras este ajetreado 2026, el año que viene estrenará Princesa por sorpresa 3, donde retomará su popular personaje de Mia Thermopolis. Este domingo será proclamada “leyenda de Disney”, título que lucen estrellas como Julie Andrews, Miley Cyrus, Elton John y George Lucas, entre otros.
Todo ha sumado. Su compromiso político, con los demócratas, donde llama al voto desde el humor y tirando de cultura pop. Su imagen personal, cada vez más refinada, elegante pero decidida (no dudó en lucir barriga de embarazada al aire en el estreno de Oak Street, acaparando titulares), y un rostro juvenil la han colocado en los podios de las más admiradas. Ya no mide tanto sus palabras y su sinceridad es frontal, o todo lo frontal que puede ser una estrella dentro de la pautada maquinaria hollywoodiense. Esta semana, al ser preguntada por el sexo de su bebé en el programa de Jimmy Kimmel, afirmaba que lo sabía, pero que no iba a decirlo. “Gracias por el apoyo, siempre me siento muy maleducada diciendo esto”, decía con una gran sonrisa. El público, lejos de molestarse, la coreó. Ya no queda ni un Hathahater en su camino.




