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En Ceuta cae algo más que una frontera

domingo, 30 de agosto de 2026
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En Ceuta cae algo más que una frontera
El PaísEn Ceuta cae algo más que una frontera

Odiseo no ganó la guerra de Troya con más valor ni fuerza que quienes la defendían, sino con un caballo de madera que fingía ser una ofrenda a los dioses. Si los troyanos abrieron sus puertas y lo arrastraron hasta el corazón de la ciudad fue porque eran decentes, porque sabían que aquello que se co...

Odiseo no ganó la guerra de Troya con más valor ni fuerza que quienes la defendían, sino con un caballo de madera que fingía ser una ofrenda a los dioses. Si los troyanos abrieron sus puertas y lo arrastraron hasta el corazón de la ciudad fue porque eran decentes, porque sabían que aquello que se consagra a lo sagrado no se destruye ni se profana. Fue su respeto, y no su debilidad, lo que aquella noche los entregó, confiados y dormidos, a los hombres que aguardaban ocultos en el vientre de la madera. Quien había honrado la regla murió por ello, y quien la había traicionado salió vencedor. No hay, en toda la historia que Occidente se cuenta, una lección más incómoda que esa. Odiseo no astilló aquella noche solo una ciudad. Según la versión que Christopher Nolan acaba de llevar al cine, lo que quebró a sabiendas fue la regla misma, para siempre. Desde el instante en que el más astuto de los griegos demostró ante el mundo que quien honra el pacto muere y quien lo traiciona vence, ya nadie tuvo motivo para fiarse de nadie, y lo que se vino abajo no fue una muralla, sino la posibilidad de que hubiera un orden entre los pueblos, el alma de una civilización.

Hoy vemos que quien rompe el pacto gana, e incluso que las reglas mismas de la guerra se revelan inaplicables. Vladímir Putin en Ucrania, Donald Trump amenazando con quedarse Groenlandia, Israel en Gaza y la migración como arma. Ceuta es donde Europa mira de frente ese dilema. Puede elegir ser Troya, honrando ella sola una regla que los demás ya han roto, y que no es el “entrad todos”, sino el principio de que a quien llega huyendo se le escucha antes de devolverlo, o no se le rechaza en el borde mismo del agua sin mirarle la cara. O puede convertirse en Odiseo, profanar esa regla y abrir para todos la veda. Pero Ceuta no es siquiera la tentación de traicionar la regla, sino el momento en que Europa decide si reconoce que ya la venía traicionando, y se detiene, o si termina de hacerlo.

Lo que sobrecoge no es que Europa se asome a ese dilema, sino la sospecha de que el caballo lo levantan muchas manos a la vez y a sabiendas. Europa llega a Ceuta con una Comisión que en marzo propuso el reglamento de retorno más duro en décadas y un Parlamento que en junio lo aprobó rompiendo el cordón sanitario con la ultraderecha, celebrándolo al grito de “devolvedlos”. Llega con una solidaridad que murió el día en que media Unión, en lugar de amparar a España, pidió expulsarla de Schengen. Llega con un Gobierno cuya gestión ha sido un descalabro, lento en reaccionar y opaco en explicarse, al que sin embargo se castiga sobre todo por haberse salido del consenso europeo en Gaza, en defensa y en migración. Y llega, en fin, frente a un Marruecos que convierte la desesperación de sus jóvenes en arma, protegido por Estados Unidos e Israel. Nada de esto demuestra que la avalancha se convocara, pero cuando la Estrategia de Seguridad de Washington se propone, por escrito, que quiere fracturar Europa desde dentro, la coincidencia deja de ser inocente. Mientras la inmigración se convierte en el disolvente definitivo de Europa, solo nos queda, cuando todo empuja a lo contrario, una última decencia: la de comprender que hay murallas que no se salvan sin perder aquello que guardaban.

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