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La frustración se instala en la sociedad israelí tras años de guerra permanente

lunes, 15 de junio de 2026
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La frustración se instala en la sociedad israelí tras años de guerra permanente
El PaísLa frustración se instala en la sociedad israelí tras años de guerra permanente

Todo aquel que aterriza en el aeropuerto israelí de Ben Gurión, cerca de Tel Aviv, se encuentra con una imagen inusual: decenas de aviones militares estadounidenses de repostaje y carga estacionados a plena vista. Aunque las autoridades hablan abiertamente de su presencia, el aeropuerto ha puesto un...

Todo aquel que aterriza en el aeropuerto israelí de Ben Gurión, cerca de Tel Aviv, se encuentra con una imagen inusual: decenas de aviones militares estadounidenses de repostaje y carga estacionados a plena vista. Aunque las autoridades hablan abiertamente de su presencia, el aeropuerto ha puesto un cartel que prohíbe fotografiarlos. Como Israel encadena guerras desde hace casi tres años, pero sufre un daño muy limitado en comparación con el que causa, la anormalidad de la situación (convertir el principal aeropuerto civil del país en potencial objetivo de los misiles iraníes) convive con el hecho de que sigue siendo la principal puerta de salida para irse de vacaciones.

La disonancia se resume en una anécdota: el consejero delegado de la Autoridad de Aeropuertos de Israel, Sharon Kedmi, advirtió esta semana de que, si los aviones estadounidenses no dejan de ocupar tantas plazas de aparcamiento en este y en otro aeropuerto nacional (Ramon), las aerolíneas podrían cancelar 2,4 millones de los billetes que han vendido para el principal periodo vacacional, que comienza en septiembre.

Es la vida, como si no hubiese otra posible, a la que la mayoría de israelíes se ha resignado o que abraza con entusiasmo nacionalista, según su ideología: misiles contra su territorio cada pocos meses y cientos de miles de hombres pendientes de ser movilizados como reservistas de la noche a la mañana.

El domingo 7 de junio, por ejemplo, Israel amaneció como un día más. Esa misma noche, Irán cumplió su amenaza de atacarlo por haber bombardeado antes los suburbios de Beirut y el país regresó a la rutina de carreras a los refugios —con las sirenas antiaéreas de fondo— de la que viene entrando y saliendo por la guerra perpetúa en la que el primer ministro, Benjamín Netanyahu, ha sumergido al país a raíz del sangriento ataque de Hamás en octubre de 2023. Las clases escolares se cancelaron primero dos días y luego —cuando Donald Trump mandó a ambos países detener el fuego cruzado— se quedó en uno, entre la confusión de los padres. Al día siguiente, el ejército retiró las restricciones de reunión en casi todo el país y las playas volvieron a llenarse.

Desde 2023 ya van cuatro rondas de enfrentamiento con Irán y cinco meses de guerra con la milicia libanesa, sin hablar de la sangrienta invasión de Gaza, los misiles y drones desde Yemen de los hutíes o la ocupación de parte de Siria.

Fragmento de un misil iraní interceptado, el pasado lunes en el norte de Israel.Associated Press/LaPresse (APS)
Fragmento de un misil iraní interceptado, el pasado lunes en el norte de Israel.Associated Press/LaPresse (APS)

Para la mayoría de israelíes, los últimos tres años están marcados por el trauma colectivo del ataque del 7 de octubre de 2023 (los informativos siguen contando historias de pérdida o heroísmo de aquel día), la inestabilidad y una cierta decepción y confusión. La reacción de Israel (nunca había ocupado tanto territorio ajeno desde 1982 ni bombardeado tantos países a la vez como en 2025) ha llevado al país al Tribunal de La Haya por la acusación de genocidio en Gaza y ha dejado su reputación en mínimos históricos, sin que la población se sienta a cambio segura u optimista. Al revés: los sondeos muestran que muy pocos creen ya las promesas de “victoria total” que Netanyahu les sigue intentando vender.

Por mucho que el ejército haya convertido la mayoría de Gaza en un paisaje lunar, matando a más de 73.000 personas, y siga bombardeando el enclave a diario, Hamás todavía controla cerca del 40% de la Franja, donde hace dos años y tres meses el primer ministro israelí veía el triunfo absoluto “al alcance de la mano”.

En Líbano, Hezbolá sigue lanzando cohetes y drones contra el norte de Israel. Y el intento con EE UU de derrocar al régimen iraní se ha convertido en un fiasco legendario. Una encuesta de abril muestra que un 57% de la población no siente que su país haya ganado una sola de las guerras que ha librado desde 2023.

“Los israelíes sienten que no pueden confiar en nadie. Solo en su propia fuerza militar”, explica por teléfono Mairav Zonszein, analista sénior sobre Israel del centro de análisis International Crisis Group. “En el norte, en la frontera con Líbano, realmente quieren que el ejército siga adelante y llegue hasta el final. Todavía creen que se puede eliminar por completo a Hezbolá y que no se necesita ningún tipo de resolución”. Esto, sin embargo, convive con la gran impopularidad de Netanyahu entre muchos israelíes, “pese a ser quien dirige estas guerras”, añade.

En contra de una tregua

En abril, un día después de decretarse el alto el fuego entre EE UU e Irán, el Instituto Agam y la Universidad Hebrea de Jerusalén efectuaron otro sondeo. El resultado: solo un 10% calificaba de éxito notable la campaña en Irán, lanzada el 28 de febrero; un 64% lamentaba la tregua y un 40% abogaba por seguir atacando en solitario. Los tres principales sentimientos respecto al alto el fuego eran desesperación (36,8%), confusión (18,1%) y enfado (15,6%).

En las conversaciones con israelíes, la sensación mayoritaria es que aceptan pagar el precio de enfundarse el uniforme, recibir malas caras en el extranjero cuando dicen su nacionalidad o haber perdido poder adquisitivo porque confían en que traiga una solución, aunque esta nunca llega. Y, ante la tozudez de la realidad, suelen abogar por más guerra (incluida a menudo la normalización del lenguaje genocida y en favor de la limpieza étnica) con la confianza de que, esta vez sí, marcará la diferencia.

Yagil Levy, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Abierta de Israel, especializado en sociología militar y militarismo en su país, recurre al término “seguridad permanente”, acuñado por el historiador Dirk Moses, para explicar el fenómeno ocurrido a partir del ataque de Hamás. El concepto describe la ambición de un Estado de seguridad absoluta, eliminando también “amenazas futuras” y, por tanto, “sujeto a un estado de paranoia que genera amenazas autocumplidas” y que “implica la destrucción, la expulsión o el control de una población que se percibe como una amenaza para la seguridad del Estado”.

Playa de Tel Aviv, este martes, tras la retirada por el ejército israelí de las restricciones de reunión en casi todo Israel.ABIR SULTAN (EFE)
Playa de Tel Aviv, este martes, tras la retirada por el ejército israelí de las restricciones de reunión en casi todo Israel.ABIR SULTAN (EFE)

Hasta octubre de 2023, explica Levy, Israel aplicaba una versión más “suave” de ese concepto, pero desde entonces ha adoptado una “dura”, por su “abrumadora superioridad militar y la expectativa de tolerancia internacional para su conducta agresiva”.

Desde la Segunda Intifada palestina, hace dos décadas, el liderazgo israelí ha ido reduciendo los costos del conflicto para la población, especialmente para la clase media laica, “el único grupo social poderoso con potencial para generar una oposición significativa a la guerra”. Eso, unido a las tecnologías que evitan las bajas militares y al sistema de refugios para los civiles, ha permitido a Israel “usar la fuerza sin temor a un costo simétrico”.

Y eso influye en el apoyo y la percepción de lo que supone ir a la guerra, pese a costar cada día al país mil millones de shekels (cerca de 300.000 millones de euros) solo en gastos militares, sin contar los civiles o el impacto en el PIB.

Reservistas

El Gobierno ha elevado este año de 280.000 a 400.000 (en un país de 10 millones de habitantes) el número máximo de reservistas movilizables. Es solo una cifra teórica, porque la cifra actual de movilizados está por encima de 100.000. Son varones, casi todos judíos, con edades entre 21 y 49 años. En la radio, la televisión y los autobuses, las empresas compiten por ofrecer productos especiales para ellos, como un banco que les concede hipotecas a tipo reducido para que “quienes han pasado tanto tiempo lejos de casa” puedan comprarse ahora una.

La reserva nació como obligatoria justo después de la guerra por la creación de Israel (1948-1949), pero hoy es más bien voluntaria. El ejército israelí difundió esta semana nuevos detalles sobre ellos: un 37% tiene hijos y sirvieron de media 94 días en 2024 y 78 en 2025.

Equipos médicos transfieren pacientes a instalaciones subterráneas tras un ataque iraní con misiles, en el hospital Ichilov Hospital de Tel Aviv, el pasado lunes.


Associated Press / LaPresse
Only italy and spainAssociated Press / LaPresse (APS)
Equipos médicos transfieren pacientes a instalaciones subterráneas tras un ataque iraní con misiles, en el hospital Ichilov Hospital de Tel Aviv, el pasado lunes. Associated Press / LaPresse Only italy and spainAssociated Press / LaPresse (APS)

En estos tres años, el número de los movilizados ha ido cayendo: unos por oposición, otros por cansancio y muchos por el peso de su prolongada ausencia en la crianza, la pareja o el trabajo. Más que rechazo público, se produce lo que los israelíes llaman “negativa gris”: la que no se verbaliza y consiste en argumentar problemas físicos o mentales, o evitar determinadas misiones. No se sabe cuántos son. Mientras, los nacionalistas religiosos (punta de lanza de la colonización de Cisjordania) están sobrerrepresentados en las unidades de combate, ya que se perciben como soldados en una guerra religiosa.

Moshe no pertenece a ninguno de estos dos grupos, pero lleva cientos de días acumulados como reservista desde 2023 y sigue siendo voluntario. Pide un nombre falso y no precisar su edad (en la cincuentena) para expresarse sin ser reconocido por sus superiores.

Distingue dos fases. Tras el ataque de Hamás en 2023, “toda la nación estaba en modo supervivencia” y muchos hacían cola para unirse a la reserva. “Era cien por cien solidaridad, cien por cien motivación”, recuerda. Aquellos días aterrizaban en Tel Aviv aviones llenos de israelíes que residen en el extranjero o a los que les pilló fuera de turismo y regresaban para enfundarse el uniforme. “Pero nadie previó ni planeó un período tan largo […] Un mes está bien, dos se pueden manejar, tres… se convierten en un verdadero desafío para la familia, el negocio y la vida personal […] No se puede pedir a un civil participar cientos de días. No tiene sentido”, afirma.

Moshe compara, por ejemplo, las dos últimas guerras con el archienemigo Irán. En la de junio de 2025, los reservistas estaban “contentos de dedicarle tiempo y respaldo”. Duró solo 12 días. “Pero esta, con Trump, no se sabe cuánto durará. La gente lleva ya tres o cuatro meses sirviendo y algunos, por sexta o séptima vez”. Él, cuenta, sigue siendo voluntario porque cree en hacerlo, “esté o no de acuerdo” con las decisiones del Gobierno. “No quiero pensar en involucrar la política en el ejército porque sería el fin para nosotros como sociedad”, resume. “Es parte de mi ADN”.

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