
Lo único que rompe el silencio, de cuando en cuando, es un llanto desconsolado. “A veces parece que la espera es peor que la propia muerte”, dice una mujer de 21 años que busca a su padre. Desde la noche de este miércoles, en la Casa de Ejercicios El Buen Pastor, en Toledo, permanecen más de 70 fami...
Lo único que rompe el silencio, de cuando en cuando, es un llanto desconsolado. “A veces parece que la espera es peor que la propia muerte”, dice una mujer de 21 años que busca a su padre. Desde la noche de este miércoles, en la Casa de Ejercicios El Buen Pastor, en Toledo, permanecen más de 70 familiares de desaparecidos del accidente ferroviario de Urda, que hasta este momento ha dejado 69 fallecidos. Sus vidas se paralizaron a las 9.30 de la mañana, cuando recibieron la noticia de que algo había ocurrido con el tren en el que viajaban sus padres, hermanos o hijos. Ninguno de ellos ha podido dormir. Solo unos pocos han aceptado un lorazepam para la angustia, y eso les ha permitido cerrar los ojos unas horas, aunque ninguno siente que haya descansado. El miércoles, en el colegio público de Urda, estos mismos rostros estaban en estado de shock. Hoy, con el paso de las horas y la falta de noticias, la desesperación empieza a apoderarse de ellos. “Estamos cada vez con más ansiedad, no podemos más de los nervios”, dice Maricarmen, asustada por no tener noticias de su marido, César Vicente. Se queja: “Las horas de espera nos están matando porque nadie dice nada”. Han ido y han llamado en las últimas 24 horas a todos los lugares en donde podría terminar una persona después de sufrir un accidente: primero, los pabellones habilitados para la emergencia en Urda, después, los hospitales en Toledo y Madrid, y por último, la morgue. Nada.
En el recinto, rodeado de jardines, los familiares intentan sobrellevar las horas más duras de la espera. “¿Por qué no nos dicen la verdad? Está muerta”, grita, resignada y desconsolada, una mujer en el baño. Fuera, psicólogos de los equipos de emergencia con chalecos amarillos reparten tilas y mantas rojas con dibujos de caras mientras escuchan a quien lo necesite. Repiten como una letanía lo que deben decir en casos como este: que no hay noticias oficiales, que los equipos están trabajando lo más rápido que pueden y que la esperanza es lo último que se pierde. Pero, a estas alturas, a las familias de los no localizados ya ni eso les queda.

Donde antes había salas de estudios religiosos, los equipos de Renfe, Adif e Iryo han dispuesto una sala cada uno para atender las dudas de los seres queridos. En la capilla, el párroco también está dispuesto a escuchar y a predicar. Incluso algún ateo se anima con algún rezo: total, reflexionan, nada puede hacer más daño.
“¿Cuánto van a tardar en decirnos algo?”, se pregunta el padre de Raúl, de 27 años y de Guadalajara desaparecido que viajaba por trabajo. Su padre cuenta que están muy angustiados porque les dijeron que su hijo aparecía registrado en un centro de salud de Urda, pero, cuando fueron a preguntar, nadie sabía nada. En los hospitales, nada. En la morgue, nada. No les ha quedado más remedio que aferrarse a esa esperanza de la que les habla la psicóloga. “Pusimos la denuncia anoche en la Guardia Civil de Toledo y nos hicieron una prueba de ADN”, cuentan.
Les explican que todas las muestras ya se han enviado a Madrid y que ahora solo queda esperar los resultados, que en circunstancias normales tardarían días, aunque en este caso confían en que sean cuestión de horas. “El proceso de identificación avanza con lentitud porque las denuncias deben ir acompañadas de la documentación identificativa y de las muestras de ADN, que durante la noche se clasificaron para enviarlas a Madrid. Cuando regresen, podrán cruzarse con los datos de las autopsias, que el Instituto de Medicina Legal está realizando con rapidez”, repite la psicóloga.
La Guardia Civil ha recibido hasta el momento 64 denuncias presentadas por familiares de desaparecidos tras el accidente ferroviario en Urda (Toledo).
Mientras, no hay información oficial sobre las personas desaparecidas. “Algunas podrían estar hospitalizadas y esta mañana todavía se buscaba en los vagones volcados. La Guardia Civil recibirá la información del instituto y se dirigirá a cada familia en cuanto haya datos mínimos”. Hasta entonces, insiste una de las trabajadoras, es preferible no ofrecer información que después pueda resultar errónea. “Es mucho peor dar una información que luego sea contraria”, dice.
“Tenemos bollos, comida y bebida. Lo que necesitéis”, repiten una y otra vez los agentes de la Guardia Civil. A pocos metros, Manolo, que busca a su hermano Pepe San Emeterio, de 54 años. Antes de ver las primeras noticias del accidente, recibió una alerta del reloj que llevaba Pepe, que viajaba de Madrid a Sevilla por trabajo en el tren de Renfe. El dispositivo había enviado un mensaje automático a su teléfono, configurado como contacto de emergencia. Al consultar la ubicación, vio que la señal aparecía en medio del campo. “Amplié el mapa y vi que estaba sobre las vías del tren”.
Manolo explica que el sistema de estos relojes envía un mensaje de texto al teléfono configurado como contacto de emergencia cuando detecta un accidente. Según recuerda, recibió el aviso a las 9.05 de la mañana.
Llamó primero a su hermana Esther y después a su cuñada. Quería saber dónde estaba Pepe, si se encontraba en Madrid con ellas. “Mi cuñada me dijo que estaba viajando a Sevilla por trabajo”. Encendió la televisión y vio la noticia del accidente a las 9.20. Desde entonces, lo busca desesperadamente. Sanemeterio ha aportado una muestra de ADN para intentar averiguar el paradero de su hermano. “Estoy esperando que cotejen los resultados con los hospitales o con los fallecidos para saber dónde está mi hermano”. También denuncia que varios familiares han recibido mensajes en los que se les indica que sus seres queridos han aparecido o se encuentran en un lugar concreto: “Están jugando con la información en horas decisivas”. No ha vuelto a recibir ninguna señal del reloj de su hermano, pero su móvil continúa mostrando como ubicación las vías del tren, cuenta.
Para intentar matar el tiempo y no pensar, las familias entablan conversación entre ellas. Estani, la mujer de Francisco José Rico Ortega, cuenta que ha viajado a Madrid desde Sevilla para buscarlo. Su marido tiene 51 años y sus allegados lo llaman Curro o Francisco. Viajaba en el vagón 7 del AVE, en el asiento 13C. “Seguimos sin saber nada, no sabemos si está en los hospitales o dónde”, explica su amiga Debi Blasco. Según relata, lo han buscado en hospitales y polideportivos. Su hermano también ha aportado una muestra de ADN. “No sabemos nada de nada. No sabemos qué hacer para buscarlo”.
En el cartel que difunden en las redes sociales aparece sonriente, con una pajarita negra. Debajo figuran los datos para reconocerlo: mide 1,80 metros y es de complexión media. Vestía un traje de cuadros y una camisa azul. El miércoles, Blasco contactó con EL PAÍS después de ver un vídeo publicado por el periódico en el que un miembro de los servicios de emergencia gritaba su nombre en el pabellón. “Por favor, no sabemos nada de él. Quiero saber si esa llamada es porque saben dónde está”, escribió. Se le explicó que lo estaban buscando, pero que no había aparecido.
Maricarmen se envuelve en una manta mientras su hijo, César, le trae una tila. “Lo peor es no saber”, dice. Sostiene el móvil con las dos manos y muestra una fotografía de su marido. Se llama César Vicente Sanz, tiene 63 años y viajaba en el vagón 8 del tren de Renfe. Pide conocer las características de los pacientes que, según explica, permanecen sin identificar. Busca algún dato que permita reconocerlo: el pelo castaño, las gafas, aunque quizá las haya perdido, añade. “Que, por favor, nos digan cuáles son las características de esas personas para ver si coinciden con las de nuestro familiar”.
Después de todo el día esperando noticias a las 21.17, su hijo ha publicado en redes sociales que les han confirmado la muerte de su padre Vicente.
Cada vez que entra a la casa parroquial un nuevo oficial o alguien del Cecopi, sus corazones se paran. Son segundos de tensión. En cualquier momento, alguien puede sacar de una lista el nombre y los apellidos de su padre, su hijo o su hermano. Saben, aunque no lo digan en voz alta, que solo entonces su espera terminará y el duelo se abrirá paso.



