
No podía ser casualidad. Todo a la vez, en pocas semanas. Un día se sumó a parar un desahucio, la misma semana acudió a manifestaciones, activó cuentas de redes sociales que estaban en silencio, dio entrevistas y participó en tertulias que acabaron siendo noticia. Como el día que explicó que compart...
No podía ser casualidad. Todo a la vez, en pocas semanas. Un día se sumó a parar un desahucio, la misma semana acudió a manifestaciones, activó cuentas de redes sociales que estaban en silencio, dio entrevistas y participó en tertulias que acabaron siendo noticia. Como el día que explicó que compartirá piso porque no llega a fin de mes. Con el inicio de curso, Ada Colau, la ex alcaldesa de Barcelona, líder indiscutible de los comunes (pese a no tener cargo orgánico) y presidenta de la Fundación Sentit Comú, irrumpió de nuevo en la agenda pública, disparando las preguntas sobre su posible retorno a la vida política. En Cataluña, cuando se habla de Colau y de esta posibilidad, se da por descontado de que hablamos del Congreso de los Diputados; la política catalana nunca ha sido una opción para quien fue ocho años alcaldesa y es una gran defensora del municipalismo.
Son tiempos de frenesí político crónico. El anuncio llegó sin todavía haberse convocado de forma anticipada las elecciones, pero sí se había producido ya el desahucio de Maricarmen Abascal. Ni tres meses antes, en verano pasado, la exalcaldesa rechazaba la vuelta a la política o una eventual candidatura en una entrevista a este diario: “No seré candidata a nada, aún estoy procesando los costes personales de ser alcaldesa”, decía. También internamente descartó una oferta formal en junio cuando desde el universo Sumar se le hizo una proposición para estar en listas. Igual que lo había descartado en mayo de 2023 cuando Pedro Sánchez ya adelantó las elecciones generales y la sintonía entre los comunes y Yolanda Díaz era total. Colau acababa de quedar tercera en las municipales de Barcelona y argumentaba que lucharía por conseguir un acuerdo con PSC y ERC para gobernar la ciudad, sin admitir que su presencia lo dificultaba, porque generaba anticuerpos entre sus exsocios socialistas.
Con la espina de haber quedado solo a 300 votos del alcalde Jaume Collboni (PSC), Colau permaneció en el Ayuntamiento un año y medio más, durante el que todo el mundo estuvo pendiente de si se quedaba o se marchaba. Meses antes, había eternizado la decisión de si se presentaba por tercera vez a alcaldesa tras afirmar “no lo descarto”. Es una situación recurrente en su trayectoria: Colau deshojando la margarita y tensionando tanto a su propio partido y a las formaciones de su universo político como a los rivales.
Ahora, Colau llevaba casi tres años apartada de la primera línea política, como presidenta de la fundación del partido Sentit Comú (un cargo no remunerado), participando en alguna tertulia y viajando para explicar su legado. Tuvo protagonismo de nuevo cuando partició en la flotilla de ayuda humanitaria a Gaza y fue detenida por el ejército israelí. El desahucio de Maricarmen y la posterior crisis política lo han precipitado todo, pillando otra vez a los partidos a la izquierda del PSOE sin los deberes hechos. Todo son prisas y todos dicen que “esto no va de nombres, ni de listas”. Pero casi nadie se aparta.
El drama de la vivienda es la gran ventana de oportunidad para la exalcaldesa. Su bagaje es imbatible. Se enfrentó a los bancos durante la crisis posterior a la burbuja inmobiliaria, fundó la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) cuando la gente perdía su casa y además se quedaba con la deuda, e impulsó cambios legislativos para conseguir la dación en pago (devolver las llaves y zanjar la hipoteca) o para impedir los desahucios de familias vulnerables en Cataluña. También fue la primera en empujar para la regulación del precio de los alquileres. Y ya gobernando en Barcelona intentó proteger el derecho a la vivienda exigiendo a Airbnb que retirara del portal pisos turísticos ilegales, creando la unidad de mediadores antidesahucios, comprando centenares de pisos o imponiendo a los promotores que destinen a vivienda protegida un 30% de los pisos que construyen.
En la decisión de Colau hay otros motivos. Su situación personal es más estable que cuando se marchó del Ayuntamiento, dicen fuentes que la conocen bien, que añaden que laboralmente no tuvo el reclamo que esperaba. Por otra parte, ha mantenido los puentes con Irene Montero y Podemos (aunque aún le escuece que se apropiaran del ¡Sí se puede!). Y el diputado Gerardo Pisarello, amigo personal, de su máxima confianza y aupado como candidato a la alcaldía de Barcelona, habrá ayudado a tender puentes, de manera que probablemente es la más capaz de conseguir un frente amplio. Y Colau también está lanzando otro mensaje que pasa desapercibido: más allá del eje izquierda-derecha, sus llamados a la unidad también incluyen a las fuerzas políticas de izquierdas de Aragón, Baleares o Valencia, en una defensa de la plurinacionalidad.
Visto en perspectiva, cuando se marchó del Ayuntamiento lanzó dos mensajes que ahora cobran sentido: no cerró la puerta a volver y dijo que se iba a trabajar para conseguir la unidad de la izquierda ante el tsunami ultra. En verano de 2025 urgió a armar un “frente amplio” de la izquierda. Fue en el primer congreso de Barcelona en Comú en una década, una situación que ilustra cómo es una organización marcada por el hiperliderazgo de Colau y que tiene dos almas, la activista y la de los militantes que proceden de ICV, resignados a ver que las decisiones las toman el reducido núcleo de fundadores y que el debate político con mirada larga es inexistente.
Pero incluso quienes le reprochan que actúe sin contar con las bases admiten que Colau es un activo político. Saltó de los movimientos sociales a la silla de alcaldesa aupada por la ventana de oportunidad que fue el 15-M y el legado de un alcalde de derechas en Barcelona en plena crisis económica, Xavier Trias (Junts per Catalunya). En dos mandatos al frente de Barcelona, además de las políticas de vivienda, dijo basta de hoteles, vetó la circulación a coches contaminantes con la Zona de Bajas Emisiones (ZBE), quitó espacio a los coches peatonalizando calles (como las llamadas superilles [supermanzanas]), pero también implantó proyectos como un dentista para personas sin recursos, un canguro municipal o atención a la salud mental de chavales.
Cambios en la agenda de la ciudad que con el tiempo se han extendido a la política catalana y que “tocaron privilegios” de los sectores económicos, como presume Colau, que también fue víctima de ataques machistas y clasistas. Otro frente fue el judicial: su gestión llegó a los tribunales. En algunos casos, pretendían tumbar planes urbanísticos como el que vetaba nuevos hoteles o los coches contamintantes. Pero la entonces alcaldesa y su equipo también fueron objeto de 20 querellas: todas fueron archivadas, lo que los comunes atribuyen a una estrategia de lawfare. Con todo, al final de sus mandados, el acceso a la vivienda, el precio del alquiler y masificación turística batían récords.
“Colau actuó contra problemas estructurales que son fuente de malestar y abrió debates que no ha podido resolver. Porque, aunque sus políticas han mejorado algo, el contexto global es muy duro”, analizaba una persona implicada en la gestación de los comunes cuando Colau abandonó el Ayuntamiento. Dos mandatos que también se desarrollaron en un contexto complejo: el procés independentista, ocho convocatorias electorales, el atentado de La Rambla y la pandemia. Ya en la oposición, la exalcaldesa eternizó su salida del Ayuntamiento, no trabajó un relevo y al marcharse los comunes quedaron descabezados en Barcelona.
Hay quien dice que Colau tiene más tirón mediático en Madrid que en Barcelona y Cataluña, donde todavía le reprochan que fuera investida por segunda vez gracias a los votos del ex primer ministro francés y candidato de Ciudadanos en 2019, Manuel Valls. O que invistiera al actual alcalde, Jaume Collboni, de la mano del PP. Cuando en septiembre Colau volvió a las redes, teles, radios y titulares, una persona que la conoce bien pero no pertenece a su núcleo, advertía: “No da puntada sin hilo”.


