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¿Ha decidido Putin atacar a la UE?

lunes, 31 de agosto de 2026
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¿Ha decidido Putin atacar a la UE?
El País¿Ha decidido Putin atacar a la UE?

La Rusia que en julio de 1997, por boca del entonces primer ministro Víktor Chernomyrdin, planteó abiertamente su interés por formar parte de la Unión Europea es la misma que hoy nos amenaza. Como bien sabe Ucrania, a estas alturas resulta ya evidente que la deriva desafiante de Moscú pone en cuesti...

La Rusia que en julio de 1997, por boca del entonces primer ministro Víktor Chernomyrdin, planteó abiertamente su interés por formar parte de la Unión Europea es la misma que hoy nos amenaza. Como bien sabe Ucrania, a estas alturas resulta ya evidente que la deriva desafiante de Moscú pone en cuestión la seguridad del resto del continente, sea con drones cargados de explosivos en el aeropuerto de Leipzig, ciberataques contra sistemas críticos, incendios y explosiones en centros logísticos y fábricas de armamento, campañas de desinformación para influir en procesos electorales, sobrevuelos de aviones de combate violando el espacio aéreo de los Veintisiete o incursiones de buques de todo tipo en sus aguas territoriales. Son, como mínimo, actos hostiles propios de una estrategia híbrida que busca simultáneamente detectar las vulnerabilidades de sus vecinos y valorar su capacidad técnica y su nivel de voluntad política para responder a cada nueva provocación.

Fue Vladímir Putin, en el marco de la Conferencia de Seguridad de Munich, en febrero de 2007, el que escenificó el fin del acercamiento a Bruselas, criticando tanto las pretensiones hegemónicas estadounidenses como la expansión de la OTAN hacia el Este, por interpretarla como una amenaza a la seguridad rusa. Es obligado reconocer que, sin restar un ápice de responsabilidad a quien violó la ley internacional invadiendo Ucrania, también Washington es corresponsable por haber desbaratado peligrosamente el equilibrio de seguridad europeo con decisiones muy controvertidas. Entre ellas, visto desde la perspectiva de la invasión de Ucrania (2022), destacan el abandono del Tratado Antimisiles Balísticos (2002), de las Fuerzas Nucleares Intermedias (2019) y de Cielos Abiertos (2020), la invitación a Georgia y Ucrania a ingresar en la OTAN (2008) y el despliegue del escudo antimisiles en Rumania (2011) y Polonia (2016); todo ello sin atender a las consecuencias que podrían acarrear por parte de una Rusia que en ningún caso iba a quedarse quieta ante lo que definía como un asedio y un desprecio a sus legítimos intereses de seguridad.

Sin posibilidad de dar marcha atrás ni distraerse en dilucidar si fue primero el huevo o la gallina, lo que cuenta es que el orden de seguridad europeo ha reventado y ha entrado en una dinámica de creciente tensión alimentada, sobre todo, por Moscú. Ni Ucrania ha planeado invadir Rusia ni la UE o alguno de sus miembros ha elucubrado con esa idea (pesadilla, más bien). Es Rusia quien muestra cada vez más abiertamente una actitud que solo el lenguaje políticamente correcto rebaja a la condición de asertiva, cuando en realidad es plenamente agresiva. Todo indica que a lo que Putin aspira no es solo a defender a Rusia de agresiones externas dentro de sus fronteras actuales, sino más bien a recrear el escenario geopolítico de la Guerra Fría, dotándose nuevamente de colchones amortiguadores en su vecindad oriental y occidental (es decir, sometiendo a sus vecinos a su dictado).

Con Ucrania ya ha demostrado que no vacila a la hora de emplear la fuerza bruta. Pero, ante el innegable desastre de su “operación especial militar” contra un país que equivocadamente consideraba casi derrotado de antemano, Putin sabe que hacer algo similar contra un país de la UE-OTAN no es una opción realista. De ahí que esté optando por la vía de la guerra híbrida, con acciones que tratan de evitar una respuesta militar mientras sueña con ampliar su influencia en la vecindad y poner a prueba la solidaridad de los miembros de la UE (y de la OTAN). Queda por saber, en todo caso, si esas acciones solo buscan acogotar a propios y extraños para que dejen de apoyar a Kiev, lo que calcula que le permitiría rendir a Zelenski y los suyos, o si van más allá, buscando ganancias territoriales en plena UE, o al menos recolocar bajo su férula a los antiguos “países satélites”. Esto pondría a prueba lo que pueda dar de sí el artículo 5 de la OTAN y el 42.7 del Tratado de la Unión Europea de defensa colectiva.

Lo evidente es que Rusia atemoriza a buena parte del resto de Europa con actos que no cabe calificar de accidentes, ni tampoco como respuesta a supuestos ataques recibidos (recurrente argumento ruso para intentar justificar el castigo a Ucrania). Son acciones predeterminadas que pretenden convencer a los europeos de que su apoyo a Kiev no solo es inútil, sino que los convierte en objetivos directos de sus ataques. Ir más allá, dando pábulo a novelescas narrativas sobre una inminente invasión rusa de los países bálticos o Polonia, es olvidar tanto el fiasco que ya está cosechando en Ucrania, como el hecho de que ni su economía ni su base industrial ni sus fuerzas armadas están en condiciones de retar a la UE, por mucho que Washington emita señales que generan dudas sobre la fortaleza del vínculo trasatlántico.

Lo que corresponde, por tanto, es determinar qué tipo de respuesta se puede dar al desafío que esa estrategia plantea. De momento, con la OTAN como marco de referencia, el grueso de la respuesta europea pasa por la aceptación acrítica de la imposición estadounidense del aumento del gasto en defensa hasta el 5% del PIB. Llama la atención, en primer lugar, que dicho objetivo no haya salido de Bruselas sino de Washington, cuando los más afectados son, indudablemente, los países europeos. Además, si se tiene en cuenta que actualmente la suma del gasto de defensa de los países de la UE y el Reino Unido ya es casi cuatro veces el de Rusia, sin que eso haya disuadido a Putin de elevar su agresividad, nada garantiza que elevar la diferencia aún más vaya a ser más efectivo.

Precisamente la guerra híbrida se desarrolla por debajo del umbral que dispara una respuesta militar; por tanto, por muy impresionante que sea el poderío militar de los Veintisiete es ilusorio pensar que eso va a frenar a Putin. Optar por esa vía puede ser beneficioso para la industria de defensa (especialmente la estadounidense), pero no se traduce en más seguridad de la que ya tenemos. La clave, una vez más, es mutualizar el esfuerzo poniendo en común las capacidades políticas, presupuestarias, industriales y militares ya existentes, así como planificar y ejecutar en común los proyectos necesarios para cubrir nuestras carencias. Pero para eso no necesitamos aumentar sustancialmente lo que ya dedicamos al capítulo de la defensa.

Llegar a ese punto, para lo que es imprescindible una voluntad política actualmente inexistente, debe ir acompañado de un esfuerzo comunitario que asuma la filosofía emanada de la “respuesta flexible” que la OTAN planteó ya en 1967. Se trata de dotarse de medios creíbles para responder adecuadamente a cada nivel de amenaza elegido por el enemigo. Y si ahora estamos en guerra híbrida, habrá que preguntarse si poseemos los medios suficientes para neutralizar la agresividad rusa sin tener que recurrir a engrosar el músculo militar. A los ojos de Putin, que Suecia envíe tropas a Finlandia o que el director de la CIA vaya a Moscú son apenas notas a pie de página. Mucho más efectivo sería que nos ocupáramos de dar una imagen de unidad y operatividad con lo que ya tenemos y de fortalecer los mecanismos de disuasión (más con decisiones políticas de mutualización del esfuerzo que con nuevos programas de armamento).

Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

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